Neuroplasticidad: Aprendiendo a montar en bicicleta (otra vez)

Siempre he creído en la neuroplasticidad, esa capacidad maravillosa de nuestro cerebro para regenerar neuronas a lo largo de la vida. Es cierto que hasta hace no mucho tiempo, esta afirmación no era aceptada en el campo científico, puesto que se pensaba que a medida que envejecemos, perdemos capacidad para regenerar neuronas, hasta llegar a un punto en el que jamás volvían a reproducirse.  A pesar de que Ramón y Cajal había ya avisado en 1906 de que las neuronas establecían procesos de comunicación en las zonas conocidas como sinapsis, no fue hasta casi el final del siglo XX cuando se supo que el “entrenamiento” cerebral y la estimulación sensorial podían regenerarlas.

Desde entonces se ha ido desarrollando la teoría de la neuroplasticidad. Según ella, debemos entender que el cerebro es un órgano dinámico, que puede renovar “el cableado sensorial” a lo largo de toda la vida. Evidentemente, cuando se estimula el cerebro -y se puede estimular de muy distintas maneras- no sólo se produce un cambio cognitivo, no sólo aprendemos cosas nuevas, sino que también se modifica nuestro cerebro, se moldea en función del área estimulada durante el proceso de aprendizaje.

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¿Entrenamiento cerebral o vicio descontrolado?

Esta conclusión, que puede parecer simple, es sin embargo bastante compleja, puesto que pone de manifiesto aspectos inéditos en el tratamiento de enfermedades relacionadas con disfunciones cerebrales, tales como las embolias, los ictus o el alzheimer, o las ECV más conocidas como las cardiopatías, arteriopatías o trombosis.

Puesto que el cerebro tiene esta cualidad dinámica, resulta importante que sepamos que no es lo mismo conocer que comprender; no es lo mismo adquirir conocimientos que comprenderlos. De igual modo, nuestro cerebro no sólo puede aprender, también puede des-aprender, aunque este proceso nos cuesta un poco más ya que implica que hay que “engañar a nuestro cerebro”, que ya ha aprendido ese algo de una determinada manera.

Quizá el mejor ejemplo que conozco de que nuestro cerebro puede aprender algo sin comprenderlo completamente, y desaprenderlo después, es el experimento de la bicicleta al revés, llevado a cabo por el científico Destin Sandlin

Se advierte ya en este vídeo que los niños poseen una plasticidad neuronal muy superior a la de los adultos, pero también deja claro que en el momento en  el que le ofrecemos el patrón original de comportamiento o de pensamiento, el cerebro vuelve a él en un periodo muy corto, es decir, se da cuenta del engaño y retorna a su punto de origen.

De alguna forma, este experimento recoge la idea ya trabajada en los años 50, por el psicólogo austríaco Ivo Kohler, quien se construyó sus propias gafas para ver el mundo invertido mediante un sistema de espejos y se puso a prueba a sí mismo durante días.

Para documentar su experimento perceptivo, grabó el siguiente documental, en el que podemos ver como trata de realizar tareas sencillas tales como llenar una taza o atrapar el globo que deja escapar una niña.

Es muy curioso comprobar como al principio las tareas le resultan complejas de realizar, pero al cabo de unos días, ya es capaz de orientarse bien al caminar e incluso, montar en bicicleta. Por tanto, el entrenamiento cerebral ha permitido que se modifique un patrón aprendido, haciendo que se distinga entre lo que se percibe sensorialmente y lo que se interpreta.

Puede que todo esto os parezca algo curioso o incluso anecdótico, pero a mí me parece que es maravillo que podamos percibir el mundo de maneras distintas, que podamos engañar a nuestro cerebro y que podamos seguir aprendiendo cosas y comprendiendo cosas a lo largo de toda nuestra vida.

 

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