La vida a.T. (antes de la Tesis)

“ROMÁN – ¿Que nada hemos inventado? Y eso, ¿qué le hace? Así nos hemos ahorrado el esfuerzo y ahínco de tener que inventar, y nos queda más lozano y más fresco el espíritu…
SABINO – Al contrario. Es el constante esfuerzo lo que nos mantiene la lozanía y la frescura espirituales. Se ablanda, languidece y desmirría el ingenio que no se emplea…

ROMAN – ¿Que no se emplea en inventar esas cosas?
SABINO – U otras cualesquiera…
ROMAN – Ah! ¿Y quién te dice que no hemos inventado otras cosas?
SABINO – ¡Cosas inútiles!
ROMÁN – Y ¿quién es juez de su utilidad? Desengáñate: cuando no nos ponemos a inventar cosas de esas, es que no sentimos la necesidad de ellas.
SABINO – Pero así que otros las inventan, las tomamos de ellos, nos las apropiamos y de ellas nos servimos; ¡eso sí!

ROMAN – Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.
SABINO – Acaso mejor.
ROMÁN – No me atrevía a decir yo tanto…
SABINO – Pero ellos, ejercitando su inventiva en inventar cosas tales, se ponen en disposición y facultad de seguir inventando, mientras nosotros…
ROMAN – Mientras nosotros ahorramos nuestro esfuerzo.
SABINO – ¿Para qué?
ROMAN – Para ir viviendo, y no es poco.”

(¡Que inventen ellos!, charla entre Sabino y Román en El pórtico del templo, de Unamuno. 1906)

Ando bastante ocupada últimamente con un asuntillo profesional que ha ido ocupando varias parcelas de mi vida en los últimos doce o trece años y que ya no quiero que me devore más. Me refiero a la Tesis Doctoral.

No desearás al vecino del 5º
Mi Tesis se mueve dentro de un subgénero cinematográfico que ha ido adquiriendo categoría de género con el paso de los años: el “landismo”.

La Tesis es una de esas cosas que pasan una vez en la vida, quiero decir que salvo que seas un poco friki o un poco masoquista -puede que sean necesarias ambas cosas-, no pasarás por ese proceso una segunda vez. Puede que te sientas atraído por la investigación, que te interese publicar artículos, hacer conferencias, asistir a Congresos y Jornadas internacionales y todas esas cosas que hacen las personas que dedican parte de su tiempo a investigar aspectos que les son propios de su ámbito profesional. Pero una Tesis… sólo pasa una vez. (Dejo al margen aquí a mi amigo Sergio Mena, que es un caso aparte).

Podría yo haberme quedado “¡viviendo que no es poco!”, como decía Sabino, pero no, resulta que quise meterme a inventar tras la charla un día con uno de los profesores más influyentes en mi carrera académica: D. Ramón Roselló Dalmau. Aprendí con él aspectos relacionados con la tecnología audiovisual que jamás pensé que pudieran interesarme tanto. Aprendí a sentir la profesión docente como la proyección de la vida de uno mismo, llena de circunstancias novedosas y mil veces repetidas, momentos dulces y amargos, descubrimientos sorprendentes y olvidos necesarios. Aprendí de él que jamás hay que perder la sonrisa, ni bajar la guardia y que hay que saber mirar “un poquito más allá”.

Para Roselló, el Doctorado era como la culminación del proceso formativo no de un alumno sino de una persona. Entendía que el proceso en sí mismo de obtención del título era tanto o más válido para la vida del doctorando como la investigación misma llevada a cabo. Y tenía razón.

A día de hoy, si tuviera que enumerar qué cosas he aprendido en estos interminables años de Tesis, destacaría por encima de todo dos: la capacidad de sacrificio y el apasionarme con mi trabajo. Sin pasión es imposible llegar al final del trayecto. La pasión es el sentimiento humano por antonomasia, es lo que hace que hagamos cosas imposibles, que amemos hasta el delirio, que convenzamos a los incrédulos, que nos volvamos mejores, más creativos y menos materialistas. La pasión lo mueve todo y, por eso mismo, sin pasión nada ocurre.

Ligue Story
Un clásico del cine de estos años, plagado de suecas, machos ibéricos venidos a más y bikinis por doquier.

Bien pues con la Tesis es igual, sin pasión no puedes arrancar una investigación que te quitará horas, días, meses e incluso años de vida familiar, de sueño y de vacaciones en la playa, y que te hará estar más irascible -sobre todo cuando alguien te pregunte eso de “¿qué tal llevas lo de la Tesis?”-, que te obligará a mutar genéticamente para juntarte con los de tu especie doctoral, que te volverá experto/a supremo en una parcela insignificante de algo que generalmente sólo servirá para ser diseccionado hasta lo inimaginable en publicaciones especializadas de revistas indexadas, con índices de impacto JCR.

También te valdrá para hacer magia, es decir, para convertirte de la noche a la mañana en mejor profesor, más valorado por tus compañeros, alumnos y responsables de RRHH de los sitios en donde impartes docencia -o donde te gustaría impartirla-. Es como si de pronto, por el hecho de haber pasado por delante de un Tribunal, toda tu vida anterior a ese punto no contara prácticamente para nada y hubieras vuelto a nacer en un nivel superior. Si investigaste antes de ser Doctor… si publicaste artículos o incluso libros antes de ser Doctor… si pasaste un tiempo en una Universidad extranjera antes de ser Doctor… eso no te cuenta casi para nada. Incluso aunque lo hicieras mejor que un Dios, el valor de lo realizado “antes de”, es inapreciable.

Sin embargo, con el título bajo el brazo y el birrete puesto resulta que eres más guapo y más alto, mucho más listo, los ojos son más azules y el pelo más rubio, y te ocurre algo fundamental: puedes ya ir por el mundo tapando bocas a quienes te han ido martirizando con la cantinela de “es que no has terminado aún la Tesis”. ¡¡Visto así no son más que ventajas!!

Pero no nos engañemos, ni somos más altos ni mas guapos ni mas listos, no somos mejores profesores, en todo caso lo seremos peores, porque habremos desatendido algunos quehaceres docentes en favor de la culminación del éxito doctoral. Sé que sueno sarcástica, pero es que no me queda más remedio que serlo. Y ahora que me he despachado a gusto con este tema, ya puedo volver a mi Tesis antes de que me sienta culpable por abandonarla, por serle infiel con otros párrafos y otros temas que no son los que me van a dar mejor vida… (¡¡espero que sea una expresión exclusivamente literal!)

Otro día os contaré si hay vida d. T. (después de la Tesis), pero para eso os toca esperar un poco.

Anuncios

Antropolicandria, la fabulosa invención de Boris Vian.

Escupiré sobre vuestras tumbas, Todos los muertos tienen la misma piel, La hierba roja, Que se mueran los feos, El otoño en Pekín, La espuma de los días, A tiro limpio y… El Lobo-hombre y otros relatos, son obras escritas por Boris Vian, esa mente prodigiosa capaz de volar fuera de los márgenes de la realidad para aterrizar luego en ella como si tal cosa.

Reconozco que me seduce mucho la obra y la vida misma de este ingeniero que devino escritor, poeta, virtuoso del jazz, compositor, periodista o dramaturgo y que falleció de un infarto en 1959 mientras veía el estreno cinematográfico de la adaptación que Michael Gast había hecho de su primera y más polémica novela: Escupiré sobre vuestras tumbas.

Pero quizá una de las cosas que más me ha fascinado siempre de este hombre ha sido su capacidad para ser a un tiempo provocador irredento y alma sensible, excéntrico donde los haya, irreverente y soñador. Sin embargo, tengo la sensación de que su obra se ha leído poco, se ha escuchado aún menos o se ha representado en contadas ocasiones. Pese a ello, todos -y cuando digo “todos” me estoy refiriendo a una totalidad que bien pudiera englobar a gentes de habla hispana de los 20 a los 60 años- conocemos bastante bien uno de sus relatos: el del lobo-hombre que viajó a París. Y cuidado, estoy hablando del “lobo-hombre”, no del “hombre-lobo”, puesto que son casos distintos.

Voy a incluirme dentro de esa generación que he citado antes, puesto que yo descubrí este magnífico relato gracias a una versión musical que el grupo madrileño “La Unión” hizo para una de sus canciones más emblemáticas: “Lobo-hombre en París”.

Aunque no es una de mis preferidas -siempre me gustó más Sildavia o Entre flores raras-, lo cierto es que este tema me llamaba mucho la atención, pues encontraba lo que a mí me parecían incongruencias en su letra con respecto a lo que parecía ser la historia de un licántropo. En cuanto la escuché con un poco más de atención, buscando pistas al respecto, descubrí algo fascinante, que la canción era una versión muy libre de un relato de Boris Vian que trataba más bien del caso contrario, el de un lobo mordido por un mago -el mago de Siam- que acaba convirtiéndose en humano, o lo que Vian llamó, el fenómeno (inventado) de la “antropolicandria”.

El lobo-hombre de Boris Vian

Sin embargo, muchos de los que han escuchado esta canción -y es una canción que se ha escuchado mucho- no se han enterado de estas dos cosas fundamentales y siguen pensando que el pobre Denis es un hombre que se convierte en lobo en las noches de luna llena (que es lo que parece deducirse de la versión rodada para el videoclip).  Pero si atendemos a la letra de la canción, resulta muy clara, pues reproduce con cierta fidelidad aspectos que están en esa historia inversa de un apacible y curioso lobo que tras ser mordido por un humano acabará en París disfrutando de su nueva y extraña naturaleza.

Creo que igual ahora resulta conveniente que volváis a escuchar la canción y entendáis esta historia que, con frecuencia se ha interpretado de manera opuesta y, de paso, podríamos leer también ese relato intimista que Boris Vian nos regaló. Yo lo he vuelto a leer estos días, aprovechado que ayer había una tremenda luna llena sobre Madrid, pero en realidad no hace falta ninguna excusa para leer o releer a los genios.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑