El mundo en un rincón

No había tiempo para volver, no había. No conocía el camino, ni la distancia hasta allí. No lo sabía. No podía conseguirlo ni en sueños. Imposible, no podía.
Pese a ello, agarró un saco lleno de horas perdidas y pasos desencaminados, lo ató con sus ideales y cerró los ojos. Pronto el olor a tierra mojada y la ligereza de su carga le advirtieron que había llegado. Contra todo pronóstico, la otra esquina de su habitación se abría ante sus ojos. El suelo se unía a la pared con frases escritas en cientos de idiomas. Renglones medio torcidos que desafiaban la desnudez del temple sucio deformado por el gotelé.

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Quiso leerlo todo, memorizar cada frase sin darse cuenta de que al hacerlo todo desaparecía, todo se desmoronaba hasta no quedar mas que el saco vacío.
Lloró durante un rato en silencio. Lloró como un impermeable reversible, tan seco por dentro como por fuera. Y entonces comenzó a recitar. Palabras y más palabras se iban dibujando sobre el asfalto, desafiando arcenes de seguridad y sentidos de circulación. El camino se llenó de versos hermosos hasta donde alcanzaba la vista. Incluso mucho más.

Entonces, al mirarlo supo que aún tenía tiempo, supo cual era el camino y la distancía que le separaba del siguiente extremo de su habitación. Lo supo todo y vio que era posible, que podría alcanzarlo. Echó seguro sus pasos y, con la mirada fija en el horizonte, se perdió para siempre.

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Silencioso ruido y helado de aguardiente.

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Yo, al contrario que le ocurría a Sabina, si he vivido en el Barrio de la Alegría, que es un barrio de Madrid cercano a la M-30, conocido también (e irónicamente) como el barrio de “las Vírgenes”, pues todas sus empinadas calles llevan el nombre de alguna.

Quizá, de haberlo sabido él, hubiera compuesto alguna canción memorable. Quizá, ahora que lo pienso, alguna canción memorable fue escrita por él sabiendo esto. Sin embargo, no recuerdo que fuera un barrio especialmente alegre ni demasiado triste, era un barrio como otro cualquiera, con sus Rosas de Lima y Barbies superstars, con sus hombres sin mes de abril y sus Marías Magdalenas, con algunos cerrados por derribo y desde luego con sus 19 días y 500 noches. Pero lo que recuerdo bastante bien es que era un barrio con mucho ruido.

No puedo decir que habitara en él un olvido, pero sí que poco a poco se hizo tan joven y tan viejo que resultaba imposible desear que nos dieran allí las diez. Algunas veces pensé que lo ideal sería que convirtieran el antiguo mercado en un bulevar de los sueños rotos, por el que pasear con las medias negras y la frente marchita. Pero eso nunca pasó y, aunque me sobraran los motivos para salir de allí, al final siempre regresaba, porque mi vida en ese barrio era como la del pirata cojo, vida de purísima y oro, entre la calle melancolía y la que se llama soledad.

Y es que, los peces de ciudad siempre preferimos de postre… el tiramisú de limón.

(Hoy me levanté muy Sabina y tenía que soltarlo por alguna parte)

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