El plan B o como equivocarse con naturalidad

“Si no estás preparado para equivocarte, nunca te ocurrirá nada original”. Ken Robinson.

No me canso nunca de decirles esto a mis alumnos, de subrayar la importancia que los errores tienen en el desarrollo exitoso de una vida y, cuando digo esto no me refiero solamente a la vida académica o profesional, hablo de la vida en general.

Equivocarse no es sinónimo de fracasar, es sinónimo de haberlo intentado. Los motivos por los que uno puede llegar a equivocarse pueden ser muchos y muy dispares, pueden haber estado bajo nuestro control o pueden no haberlo estado. Puedes equivocarte sin darte cuenta y, como consecuencia, no conseguir lo que deseabas o puedes equivocarte a propósito -es como usar un salvavidas, te tiras al abismo del error sabiendo que va a salir mal, de manera que no arriesgas prácticamente nada al intentarlo-.

plan_b

Puede ocurrir igualmente que te equivoques sin darte cuenta y que, oh magia, te salga bien. Es decir, puedes equivocarte y acertar. Esto sería cuestión de hablarlo en otra entrada porque daría para mucho, pero por ahora lo vamos a dejar estar. Y puede pasarte también que te equivoques a propósito sabiendo que saldrá mal, y que irónicamente te salga bien. Cuando ocurre esto, en lugar de sorprenderte gratamente -que es lo que ocurriría en el primer caso-, lo que pasa es que te sorprendes fastidiosamente. Cierto es que no ocurre siempre ni, gracias a Dios, con todas las personas, pero muchas de las que se equivocan a propósito buscando subrayar su error o incluso ensalzarlo, se sienten paradójicamente “fracasadas por haber acertado”. El ser humano tiene estas cosas tan raras.

Las bondades de equivocarse son, además de numerosas muy interesantes de analizar. He aquí algunas de las que yo considero más importantes:

– Un error te enseña dos caminos ya que cuando nos equivocamos, nuestro camino se bifurca en: la senda ya explorada de la equivocación – y creedme hay gente que desafía constantemente esa máxima de “no tropezar dos veces en la misma piedra”; y la senda del posible acierto. Digo posible, porque encaminarse por la senda que no es la del error no garantiza tampoco acertar la siguiente vez -los ejemplos serían múltiples y variados, desde elecciones de presidentes, a noviazgos y matrimonios…-. Esta segunda senda lo que te garantiza es no cometer el mismo error, pero abre la puerta a otros nuevos.

El pensador Rodin

– Un error te hace pensar más: cuando algo no sale como esperamos, inevitablemente reflexionamos sobre ello para saber qué es lo que ha podido fallar, porqué lo ha hecho y cómo solucionarlo. Pensar hacia atrás es algo muy conveniente que no se suele enseñar en ninguna parte. Retroceder sobre nuestros pasos, verlos y analizarlos “desde fuera” y objetivamente, nos permite detectar mejor aquello que no funciona. Muchas veces nos ofuscamos con cosas porque perdemos la capacidad de verlas así, como si fueran ajenas a nosotros y nos molesta terriblemente que otras personas corrijan algo o nos digan su opinión -nos ofrezcan una nueva manera de ver las cosas-, simplemente porque estamos enfocados subjetivamente. El pensamiento deductivo y analítico que se hace “a la inversa”, pone en juego el descubrimiento de lo que puede habernos llevado a un punto, una decisión o un determinado acto. Este tipo de pensamiento estructurado, que se hace a posteriori y en etapas sucesivas -creo que lo llaman polietápico– nos permite desmenuzar aquello en lo que nos hemos equivocado en unidades más pequeñas y manejables y nos permite algo fundamental, separar lo que sí estaba bien de lo que no lo estaba. Quiero decir con esto que muchas veces algo que no sale bien no es porque todo ello esté mal, puede que haya cosas buenas en ese proyecto, cosas que funcionan o que son ideas brillantes, pero que en un conjunto no terminan de encajar. Detectar esto resulta fundamental, porque es muy probable que la vida nos de nuevas oportunidades y, si hemos pensado adecuadamente y hemos diseccionado nuestros errores y aciertos, podremos volver a utilizar aquellas cosas que sí estaban bien. Evidentemente, tiene el enorme beneficio de saber porqué algo es, y no de asumir sobre tus propios errores ya ocurridos, aquello de “querer que algo sea”.

Ni que decir tiene que deberíamos hacer este ejercicio de pensar hacia atrás incluso cuando acertamos, pero claro, si ocurre un acierto siempre suponemos que “todo está bien”, de forma que casi nunca nos paramos a pensarlo con el método y la profundidad con la que se trabaja el error.

– Un error es una oportunidad para continuar aprendiendo: el proceso de aprendizaje es un proceso vital, dinámico y extremadamente intuitivo. Aprendemos hasta sin darnos cuenta pero aprendemos mucho más cuando sabemos que hemos cometido un error. Volver a leer, a ver, a escuchar, a comentar… Buscar nuevas opciones, inspiraciones, enfoques. Discutirlo todo, llevarlo al extremo, compararlo con otras cosas, destriparlo para ver su interior, como es y como funciona (o no funciona). En definitiva: aprender.

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– Un error motiva y empuja, fortalece la voluntad y nos hace crecer. En ocasiones, equivocarse puede suponer un golpe emocional difícil de encajar, pero una vez que pasa el momento crítico del cabreo con uno mismo y, si has realizado las tareas anteriores o estás en ello, entonces el error se convierte en un reto, algo que tenemos que superar. Y un reto siempre es apasionante porque pone en marcha un mecanismo positivo encaminado a superar nuestros propios límites. De pronto, te sientes empujado a hacerlo, a volverlo a intentar, sabiendo que el camino por el que vas ya lo has recorrido antes y que, por eso, llevas ventaja.

– Un error es una ventana a la imaginación y la creatividad: Nada mejor que un error para dejar volar la imaginación, para saltarse las reglas y pensar nuevas soluciones con total libertad. Cuando nos enfrentamos por primera vez a algo solemos ser bastante normativos, nos ajustamos a las normas pensando que así “arriesgamos menos y jugamos sobre seguro”. Puede que en ocasiones funcione, pero como estamos hablando de errores, entonces vamos a suponer que nuestro convencionalismo no ha funcionado y por tanto, tenemos que hacer otra cosa distinta. Si liberas el pensamiento de la ortodoxia establecida y te permites divagar, ser excéntrico y original, entonces pueden venir a tu mente soluciones increíbles, ideas rocambolescas e incluso trazos de genialidad que te encaminarían por una nueva senda. No quiero decir con esto que cualquier cosa que se te pase por la cabeza es válida, digo que cualquier cosa que se te pase por la cabeza puede ser “potencialmente válida”, siempre y cuando seas capaz de ver sus puntos fuertes y débiles, siempre que puedas ser capaz de ver hasta donde te puede servir.

– Un error es un acierto, porque se convierte en el mejor ejemplo de lo que no hay que hacer. Es paradójico, pero es real y es una manera positiva de enfocarlo y puesto que lo que más falta nos va ha hacer para volverlo a intentar es positivismo, esta paradoja nos viene que ni pintada…

robot que piensa

– Un error nos recuerda que somos humanos, que tenemos la capacidad de decidir, que podemos elegir para bien y para mal y que, por tanto, hacemos honor a nuestra condición humana errando de vez en cuando. Supongo que la vida no sería nada divertida si no nos equivocáramos nunca y lo digo desde el desconocimiento más absoluto, ya que yo tiendo a equivocarme con cierta frecuencia.

Al fin y al cabo, como dijo Oscar Wilde: “Experiencia es el nombre que todo el mundo da a sus errores”. Y, ni que decir tiene, que una de las cosas que más se valora ahora mismo en cualquier currículum o entrevista de trabajo es “la experiencia”. Pues ya sabéis… ¡¡a equivocarse sin dramas!!

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