De inicios, inventores y ciudades para un suspiro

Quizá no os deis cuenta, pero nos pasamos la vida iniciando cosas. Supongo que hasta que no te paras a pensarlo no caes en la cuenta de la cantidad de veces que empezamos algo y, por tanto, la de veces que no terminamos muchas de esas cosas. Esta paradoja no frena nuestros desbordados ansias por volver a empezar, al contrario, algunos de nosotros nos sentimos irremediablemente inducidos a iniciar algo nuevo, incluso cuando tenemos mil cosas “al retortero”. A mí me parece que el principal motivo por el que nos pasa esto es por que contamos con la capacidad de sentir curiosidad, ya que nada interesante puede ponerse en marcha sin la iniciativa de las personas curiosas. ¿Y porqué os estoy contando esto? Pues por que hace unos días, mientras recorría la ciudad de Lyon (Francia), visité el Museo Lumière y pude comprobar muy bien cuanto os digo.

Supongo que conoceréis, aunque sea de oídas, a los hermanos August y Louis Lumière, los curiosos inventores de ese artilugio maravilloso llamado Cinematógrafo. El Museo está ubicado en lo que se conoce como “la rue du premier film”, es decir, en la calle en la que los Lumière tenían no sólo su casa, sino también la gran fábrica que aparece en la que se considera primera película proyectada de la historia: La sortie de l’usine Lumière à Lyon (1895).

Estuve mirando aquella calle durante un rato, tratado de transportarme en el tiempo, de viajar al mundo en blanco y negro que retrataron los Lumière en ese mismo lugar en el que yo me encontraba. Pero, pese a la losa colocada estratégicamente en el suelo donde un día los Lumière situaron su cámara, mi esfuerzo resultó inútil. Nada había allí que pudiera ayudarme a reconocer en esa calle las imágenes mil veces vistas en aquella inicial película. La fábrica Lumière desapareció durante un incendio hace más de medio siglo y lo que queda en su lugar es un magnífico jardín, en el que han construido un Instituto de Cinematografía y un Centro de exposiciones. Pero no salen ya obreros por ninguna puerta de ninguna fábrica.

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El Instituto Lumière situado en la “rue du premier film”, con sobreimpresión de un fotograma de la película más famosa de la historia.

Aún así, el lugar resulta mágico de alguna manera, pues esa rue no es una calle cualquiera, es “la calle de la primera película” y para alguien como yo eso es casi sagrado. Fue en ese momento en el que mi cabeza se puso a rebobinar. Me encanta cuando me ocurre esto, porque de pronto recuerdo cosas que creía olvidadas, pequeños flash de momentos ligados a emociones, de sensaciones de primera vez. Y, al instante, me vinieron a la memoria muy nítidamente otras dos de sus películas imprescindibles: La place Bellecour (1895) y La place des Cordeliers (1895), ambas en Lyon.

Nada puede evitar que pise esas plazas, que reintente el ejercicio banal de atravesarlas a 12 o incluso a 16 imágenes por segundo. Entonces Lyon empieza a parecerme otra ciudad, tan hechizante como son para mí las ciudades que se debaten entre dos ríos, pero mucho más auténtica que cualquier otra, pues hasta entonces no existía más que en mi mente, en mis recuerdos insertados a base de imágenes proyectadas en sesiones cinéfilas. Y poco a poco me doy cuenta de algo asombroso: que al visitarla parecía no que la estuviera conociendo, sino más bien que la estaba reconociendo. De alguna forma el Lyon que yo pisaba me pareció menos real que el que había visto en esas peliculitas que avanzaban a trompicones, de ahí que ante la que fue fábrica Lumière, buscara el Lyon de finales del siglo XIX, o que ante la enorme Place Bellecour tratará de vislumbrar los carruajes tirados por caballos que amedrentaban a los transeúntes decididos a cruzar. Yo buscaba ese Lyon inverosimil puesto que lo consideraba el verídico, el real.

Place Bellecour
La Plaza Bellecour en la actualidad, con muchos transeúntes, pero sin carruajes tirados por caballos.

Es muy probable os resulte una idea extravagante, pero creo que es una de las grandes cualidades mágicas que tiene el cine –al menos el buen cine-, el de hacer verdad lo que es mentira, el hacerte ver lo proyectado como la auténtica realidad. Quizá hayáis paseado alguna vez por la ciudad de Nueva York y, guiados por los recuerdos del Manhatthan (1979) de Woody Allen, hayáis recaído en mi misma perversión cinéfila, la de buscar en sus calles los rastros verídicos de la urbe que se retrata la película. Puede incluso que hayáis estado en San Francisco –mi envidia sana para los que hayáis disfrutado de la considerada como el “París de América”- y os hayáis visto inducidos a buscar los magníficos parajes en los que transcurre Vértigo (1958), la obra de Alfred Hitchcock en la que la ciudad se torna protagonista. Sé que existe una ruta turística elaborada para tal fin y que puede contratarse como complemento en las agencias de viajes, pero qué queréis que os diga, yo soy de las que prefiere dejarse perder y no llevar ruta planificada cuando visito por primera vez un lugar.

Ni que decir tiene que si en alguna ocasión visito San Francisco, me ocurrirá algo parecido a lo que una antigua alumna mía me contó una vez cuando se puso a rodar unas imágenes en una calle de Nueva York, que se le caían descontrolados los lagrimones a cada empuje de traveling. Pues yo igual. Yo, en San Francisco, lloraría como una niña frente al puente Golden Gate o ante el Palacio de la Legión de Honor, bajo las sombras fantasmas del Parque de las Secuoyas o entre los pasillos de esa fantástica librería especializada en historia californiana que es la Argonaut Book Shop. Lloraría a más no poder, porque sería como la fábula del espejo: hacer realidad lo que siempre ha estado al otro lado.

Bueno, que me voy por las ramas y no es ahora el momento de que os cuente la relación que existe entre determinadas ciudades y el cine, pero no os preocupéis, que todo llegará.

Decía al principio que los inicios están ligados a la curiosidad y creo en ello firmemente, o si no a ver como podría explicarse, sin ir más lejos, el invento de los Lumière. Aprendí en la visita a su casa-museo que, hasta mediados del siglo XX, este dúo de hermanos presentó cerca de 200 patentes de distintos inventos, desde emulsiones fotográficas a gasas estériles para curar quemaduras, desde extremidades ortopédicas pensadas para los tullidos de guerra, hasta pequeñas bombillas de flash. Resulta sorprendente ver la cantidad de cosas que se atrevieron a idear, a pensar y poner en marcha por primera vez, llevados por su gran curiosidad.

inventos lumière

Pero inevitablemente, tuve que despedirme de Lyon, despedirme de la ciudad que fue también cuna de Saint-Exupéry y su Principito, de la ciudad que se esconde a sí misma bajo los recónditos traboulles, o que se reinventa cada año en la magnífica fête des Lumières. Y se me escapó un suspiro, uno de esos que se te escapa cuando descubres que te has enamorado y que esa pasión es efímera. Volveré a Lyon, estoy segura, pero la veré ya con otros ojos. Sin embargo mi curiosidad sigue intacta y seguramente será ella la culpable de que muy pronto os hable de otras ciudades cinematográficas y de mis enamoramientos pasajeros, porque no podré evitarlo, porque no tengo miedo a volver a empezar algo, a inventarme una pasión o a suspirar frente al recuerdo anhelado de otra ciudad.

Al fin y al cabo, siempre me quedará la excusa de que me pudo la curiosidad. Y será una excusa magnífica.

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Neuroplasticidad: Aprendiendo a montar en bicicleta (otra vez)

Siempre he creído en la neuroplasticidad, esa capacidad maravillosa de nuestro cerebro para regenerar neuronas a lo largo de la vida. Es cierto que hasta hace no mucho tiempo, esta afirmación no era aceptada en el campo científico, puesto que se pensaba que a medida que envejecemos, perdemos capacidad para regenerar neuronas, hasta llegar a un punto en el que jamás volvían a reproducirse.  A pesar de que Ramón y Cajal había ya avisado en 1906 de que las neuronas establecían procesos de comunicación en las zonas conocidas como sinapsis, no fue hasta casi el final del siglo XX cuando se supo que el “entrenamiento” cerebral y la estimulación sensorial podían regenerarlas.

Desde entonces se ha ido desarrollando la teoría de la neuroplasticidad. Según ella, debemos entender que el cerebro es un órgano dinámico, que puede renovar “el cableado sensorial” a lo largo de toda la vida. Evidentemente, cuando se estimula el cerebro -y se puede estimular de muy distintas maneras- no sólo se produce un cambio cognitivo, no sólo aprendemos cosas nuevas, sino que también se modifica nuestro cerebro, se moldea en función del área estimulada durante el proceso de aprendizaje.

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¿Entrenamiento cerebral o vicio descontrolado?

Esta conclusión, que puede parecer simple, es sin embargo bastante compleja, puesto que pone de manifiesto aspectos inéditos en el tratamiento de enfermedades relacionadas con disfunciones cerebrales, tales como las embolias, los ictus o el alzheimer, o las ECV más conocidas como las cardiopatías, arteriopatías o trombosis.

Puesto que el cerebro tiene esta cualidad dinámica, resulta importante que sepamos que no es lo mismo conocer que comprender; no es lo mismo adquirir conocimientos que comprenderlos. De igual modo, nuestro cerebro no sólo puede aprender, también puede des-aprender, aunque este proceso nos cuesta un poco más ya que implica que hay que “engañar a nuestro cerebro”, que ya ha aprendido ese algo de una determinada manera.

Quizá el mejor ejemplo que conozco de que nuestro cerebro puede aprender algo sin comprenderlo completamente, y desaprenderlo después, es el experimento de la bicicleta al revés, llevado a cabo por el científico Destin Sandlin

Se advierte ya en este vídeo que los niños poseen una plasticidad neuronal muy superior a la de los adultos, pero también deja claro que en el momento en  el que le ofrecemos el patrón original de comportamiento o de pensamiento, el cerebro vuelve a él en un periodo muy corto, es decir, se da cuenta del engaño y retorna a su punto de origen.

De alguna forma, este experimento recoge la idea ya trabajada en los años 50, por el psicólogo austríaco Ivo Kohler, quien se construyó sus propias gafas para ver el mundo invertido mediante un sistema de espejos y se puso a prueba a sí mismo durante días.

Para documentar su experimento perceptivo, grabó el siguiente documental, en el que podemos ver como trata de realizar tareas sencillas tales como llenar una taza o atrapar el globo que deja escapar una niña.

Es muy curioso comprobar como al principio las tareas le resultan complejas de realizar, pero al cabo de unos días, ya es capaz de orientarse bien al caminar e incluso, montar en bicicleta. Por tanto, el entrenamiento cerebral ha permitido que se modifique un patrón aprendido, haciendo que se distinga entre lo que se percibe sensorialmente y lo que se interpreta.

Puede que todo esto os parezca algo curioso o incluso anecdótico, pero a mí me parece que es maravillo que podamos percibir el mundo de maneras distintas, que podamos engañar a nuestro cerebro y que podamos seguir aprendiendo cosas y comprendiendo cosas a lo largo de toda nuestra vida.

 

La creatividad que surge del caos

“El caos no existe, constituye una forma sutil de orden”.

KAM (Kolmogorov, Arnold y Moser)

No puedo estar más de acuerdo con este grupo de científicos que siguieron los pasos iniciados por Poincaré y que pusieron su granito de arena en el desarrollo esa idea conocida como la ley de caos. Otros muchos vendrían después, como Lorenz y sus ecuaciones para la predicción atmosférica o Robert May que encontró ejemplos de caos en sus estudios sobre los cambios sufridos por las poblaciones biológicas, lo que dio origen a la ecología de poblaciones; o mi favorito, Feigenbaum, el padre de los sistemas expertos y la inteligencia artificial, para quien resulta posible que dos sistemas distintos evolucionen hacia un mismo comportamiento caótico, o lo que traducido a una formulación teórica sería: tanto el comportamiento regular como el caótico se rigen por leyes universales concretas.

A mí me gusta bastante el caos, el caos entendido como esa afirmación de inicio, como una variante profunda del orden, perceptible para quien está dispuesto a mirar desde otro punto de vista el mundo ordinario que se le presenta. No voy a entrar hoy en si lo que vemos es el mundo real o sólo una modelización de lo que nosotros creemos que es “el mundo”, limitado a nuestra experiencia perceptiva. Eso, que daría para filosofar un buen rato, lo dejaremos para otro día. Hoy me interesa más centrarme en la parte creativa del caos, en esa cualidad magnífica que posee para hacernos más sensibles a las cosas que nos rodean, para entender que en lo impredecible hay belleza y renovación.

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Orden y caos (Contraste). M.C. Escher, 1950.

De alguna manera, y siguiendo la estela de las teorías de John Briggs y David Peat, el caos nos libera del perfeccionismo, de la simetría de lo mecánico que ha regido la cultura y el arte a lo largo del tiempo. El caos permite ver en la destrucción una posibilidad de creación, en la muerte un nacimiento, permite crear y recrear, flexibilizar nuestros modos de pensar y de vivir. Y la creatividad es un vehículo maravilloso para moverse dentro del caos, porque gracias a ella nos liberamos de la obsesión por el control y el orden, lo cual me parece bastante beneficioso.

Si entendemos el caos como un sistema flexible y no lineal, que se mantiene por sí solo, renovándose permanentemente, entonces tendremos que dar un valor importante a lo no predecible, al azar. Y no sólo eso, daremos importancia a la diversidad, a la aleatoriedad de las cosas, superando las teorías causales a las que parece que todo el mundo se agarra cuando ocurre algo imprevisto: “es que tenía que pasar…”, “por algo será…”, rezan frases populares muy extendidas al respecto de este tema.

Pero, debido a mi inclinación caótica, me niego a pensar que todo ocurre por algo y que, por tanto, está previsto y sujeto a una ley superior que ordena el mundo en función de “lo que tiene que pasar”. No, gracias a quien sea, mi vida no ha estado bajo el paraguas del orden natural de la cosas, lo que ha provocado que sea bastante imprevista, de difícil lógica, a ratos muy divertida y nada lineal. Hay quien podría agobiarle esto mucho, lo sé y lo entiendo, pero si usaran la creatividad entenderían mejor cuanto trato de explicar aquí.

Por otro lado, la creatividad no es un don con el que alguien nace, no es una cualidad específica de determinadas personas, ya que se puede aprender y desarrollar. Es más, estoy convencida de que es contagiosa y de que, en condiciones óptimas puede crecer de forma exponencial hasta en las mentes más áridas. La creatividad sólo necesita un ingrediente para desarrollarse: la curiosidad; y para mantenerse, un único abono: la flexibilidad. Sin ambas cosas, resulta prácticamente imposible ser creativo, se podría como mucho actuar bajo un modelo, un simulacro de creatividad, pero no dejaría de ser una falsificación.

De este modo, gracias a la creatividad, el caos aparente del mundo puede ser aprovechable para enriquecer nuestra experiencia vital, puede permitirnos divagar y crear teorías excéntricas sobre cosas trascendentes y, desde luego, sobre cosas banales, e incluso puede permitirnos ser, espontáneamente, más felices.

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Yo, por si acaso, voy a seguir recogiendo y doblando calcetines, que es una de esas tareas domésticas en las que el orden y el caos se pelean por superarse así mismos, dejándome la sensación de que si no fuera una persona creativa, no podría jamás realizarla.

“Más allá de nuestros intentos por controlar y definir la realidad, se extiende el infinito reino de la sutileza y la ambigüedad, mediante el cual nos podemos abrir a dimensiones creativas que vuelven más profundas y armoniosas nuestras vidas”.  (J. Briggs)

La vida alrededor

“Discúlpeme, no le he reconocido, he cambiado mucho”.

Óscar Wilde

Acabo de defender mi Tesis doctoral que versa sobre un género que ha sido ninguneado por la crítica cinematográfica española en general y por el sector académico en particular: la comedia sexy celtibérica, o el cine del landismo. Y resulta que le ha encantado a todo el mundo.

Sin embargo, cuando empecé en esto de la investigación, a casi nadie le parecía bien que hubiera decidido trabajar sobre ese género. Encontré reticencias, juicios despreciativos y muy pocas ganas de ofrecerme colaboración para dar ese paso decisivo. Aún así lo hice. No fue simple cabezonería mía -que puede que fuera un poco- fue más bien una necesidad: yo necesitaba un proyecto retador, que de verdad me pusiera a prueba, que me obligara a trabajar muy duro y que me descubriera cosas que no sabía. Ir a lo seguro no ha sido nunca mi fuerte.

relojes blandosY de pronto fue pasando el tiempo. Pasó de esa forma tan rara en la que sientes que los días no tienen fin, pero los años te vuelan. Sé que suena contradictorio, pero puede que haya alguien por ahí que entienda lo que quiero decir. Bueno, pues yo tuve esa sensación y no es ni buena ni mala, es simplemente una manera como otra cualquiera de percibir eso que llaman “lo inevitable”.

Entre medias hubo algo, vida dicen algunos que es, pero tampoco me lo pareció siempre, me pareció más que era desmedida responsabilidad, a ratos complacencia y, en escasas ocasiones, risa. La risa forma parte de mí desde siempre, pero tuve ese tiempo en el que se me convertía, en cuanto me descuidaba, en obligaciones de todo tipo. Las obligaciones no dan mucha risa, a mí por lo menos, así que me resigné a reír menos y a tratar de cumplir más.

Sin embargo, como lo que pasa en realidad en ese tiempo es “la vida”, resulta que por  mucho que quieras cumplir, por muchas obligaciones y responsabilidades que quieras abarcar, ella tiende a adueñarse de todo y te coloca donde cree que debes estar. A mí me parece fenomenal todo esto, me parece genial que no tengamos que someternos a la voluntad que, a veces, nuestro cerebro nos impone, cuando en realidad deberíamos estar escuchándonos más, sintiéndonos más y pensando menos. Pero no lo hacemos.

Mi tesis me permitió todo ese tiempo no perder de vista que la risa formaba parte de mi, y se convirtió en un bálsamo para las hora malas. He pasado un año entero corrigiéndola, no escribiendo o añadiendo cosas, sólo corrigiéndola. He podado todas esas cosas que había escrito cuando estaba de mal humor, cuando tenía demasiadas cosas en la cabeza y solo me ponía con ella para cumplir, para complacer a todos aquellos que me atormentaban con la idea de acabar lo inconcluso, empezando por mi propio cerebro.

Podar la tesis ha sido un proceso purificador y muy generoso. Y su defensa me ha dado más de lo que yo pensaba que podría obtener, supongo que porque una vez que la vida me ha sacado del carril preestablecido, he sido capaz de ver algo que siempre estuvo ahí y que había olvidado que existía: la vida alrededor.

Imagen1No me arrepiento de haber tardado 10 años en realizarla, ni de haber dedicado uno de esos años a releerla para quitar lo que había crecido sin mi permiso, ni me arrepiento de haber sido poco ortodoxa en su redacción y presentación, ni de haber escrito sobre un género que no le gusta a ningún erudito, ni me arrepiento de haberlo hecho a mi manera, tal y como una de las vocales del Tribunal sabiamente me comentó. Porque si no eres capaz de hacer que un proyecto de estas dimensiones no tenga una parte tuya, no te represente o no te empape de alguna forma, entonces es que estás más pendiente de la vida que quieres tener por delante, o peor aún, de la que ya dejaste atrás. Y a mí eso me parece que es perder el tiempo, porque la vida no está en realidad en ninguna parte, la vida pasa y lo hace sin que nos demos cuenta.

Antropolicandria, la fabulosa invención de Boris Vian.

Escupiré sobre vuestras tumbas, Todos los muertos tienen la misma piel, La hierba roja, Que se mueran los feos, El otoño en Pekín, La espuma de los días, A tiro limpio y… El Lobo-hombre y otros relatos, son obras escritas por Boris Vian, esa mente prodigiosa capaz de volar fuera de los márgenes de la realidad para aterrizar luego en ella como si tal cosa.

Reconozco que me seduce mucho la obra y la vida misma de este ingeniero que devino escritor, poeta, virtuoso del jazz, compositor, periodista o dramaturgo y que falleció de un infarto en 1959 mientras veía el estreno cinematográfico de la adaptación que Michael Gast había hecho de su primera y más polémica novela: Escupiré sobre vuestras tumbas.

Pero quizá una de las cosas que más me ha fascinado siempre de este hombre ha sido su capacidad para ser a un tiempo provocador irredento y alma sensible, excéntrico donde los haya, irreverente y soñador. Sin embargo, tengo la sensación de que su obra se ha leído poco, se ha escuchado aún menos o se ha representado en contadas ocasiones. Pese a ello, todos -y cuando digo “todos” me estoy refiriendo a una totalidad que bien pudiera englobar a gentes de habla hispana de los 20 a los 60 años- conocemos bastante bien uno de sus relatos: el del lobo-hombre que viajó a París. Y cuidado, estoy hablando del “lobo-hombre”, no del “hombre-lobo”, puesto que son casos distintos.

Voy a incluirme dentro de esa generación que he citado antes, puesto que yo descubrí este magnífico relato gracias a una versión musical que el grupo madrileño “La Unión” hizo para una de sus canciones más emblemáticas: “Lobo-hombre en París”.

Aunque no es una de mis preferidas -siempre me gustó más Sildavia o Entre flores raras-, lo cierto es que este tema me llamaba mucho la atención, pues encontraba lo que a mí me parecían incongruencias en su letra con respecto a lo que parecía ser la historia de un licántropo. En cuanto la escuché con un poco más de atención, buscando pistas al respecto, descubrí algo fascinante, que la canción era una versión muy libre de un relato de Boris Vian que trataba más bien del caso contrario, el de un lobo mordido por un mago -el mago de Siam- que acaba convirtiéndose en humano, o lo que Vian llamó, el fenómeno (inventado) de la “antropolicandria”.

El lobo-hombre de Boris Vian

Sin embargo, muchos de los que han escuchado esta canción -y es una canción que se ha escuchado mucho- no se han enterado de estas dos cosas fundamentales y siguen pensando que el pobre Denis es un hombre que se convierte en lobo en las noches de luna llena (que es lo que parece deducirse de la versión rodada para el videoclip).  Pero si atendemos a la letra de la canción, resulta muy clara, pues reproduce con cierta fidelidad aspectos que están en esa historia inversa de un apacible y curioso lobo que tras ser mordido por un humano acabará en París disfrutando de su nueva y extraña naturaleza.

Creo que igual ahora resulta conveniente que volváis a escuchar la canción y entendáis esta historia que, con frecuencia se ha interpretado de manera opuesta y, de paso, podríamos leer también ese relato intimista que Boris Vian nos regaló. Yo lo he vuelto a leer estos días, aprovechado que ayer había una tremenda luna llena sobre Madrid, pero en realidad no hace falta ninguna excusa para leer o releer a los genios.

Silencioso ruido y helado de aguardiente.

Sabina títulos

Yo, al contrario que le ocurría a Sabina, si he vivido en el Barrio de la Alegría, que es un barrio de Madrid cercano a la M-30, conocido también (e irónicamente) como el barrio de “las Vírgenes”, pues todas sus empinadas calles llevan el nombre de alguna.

Quizá, de haberlo sabido él, hubiera compuesto alguna canción memorable. Quizá, ahora que lo pienso, alguna canción memorable fue escrita por él sabiendo esto. Sin embargo, no recuerdo que fuera un barrio especialmente alegre ni demasiado triste, era un barrio como otro cualquiera, con sus Rosas de Lima y Barbies superstars, con sus hombres sin mes de abril y sus Marías Magdalenas, con algunos cerrados por derribo y desde luego con sus 19 días y 500 noches. Pero lo que recuerdo bastante bien es que era un barrio con mucho ruido.

No puedo decir que habitara en él un olvido, pero sí que poco a poco se hizo tan joven y tan viejo que resultaba imposible desear que nos dieran allí las diez. Algunas veces pensé que lo ideal sería que convirtieran el antiguo mercado en un bulevar de los sueños rotos, por el que pasear con las medias negras y la frente marchita. Pero eso nunca pasó y, aunque me sobraran los motivos para salir de allí, al final siempre regresaba, porque mi vida en ese barrio era como la del pirata cojo, vida de purísima y oro, entre la calle melancolía y la que se llama soledad.

Y es que, los peces de ciudad siempre preferimos de postre… el tiramisú de limón.

(Hoy me levanté muy Sabina y tenía que soltarlo por alguna parte)

Genialidad infantil

El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo.

Gustavo Adolfo Bécquer.

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¿Sabes lo que es?

JAVIER (7 años): – Mamá, mira lo que me ha comprado el abuelo.

YO: – Es muy bonito. Hay que ver lo bien que te conoce…

JAVIER: – ¿Sabes lo que es?

YO: – Dímelo tú.

JAVIER: – Es un coche con globo… ¡para que pueda volar!

YO: – ¿En serio?

JAVIER: – Sí, no lo ves, lleva atado el globo y por eso puede volar.

Y diciendo esto, cogió el coche con globo y voló con él hasta su habitación.

¡Creo que mi hijo Javier ya tiene edad de disfrutar leyendo “El principito”!

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Siento cierta intriga por conocer cosas que pasan en nuestro cerebro y que tienen que ver con el lenguaje o con los procesos de aprendizaje del lenguaje en general.

Me maravilla comprobar como los niños que están aprendiendo a leer, son capaces de conocer y reconocer palabras incluso antes de poder pronunciarlas. Evidentemente esto es posible porque aprenden las “imágenes” de las palabras, de forma que simplemente tienen que asociar ese concepto visual a un concepto que para ellos es abstracto.

De igual  modo, somos capaces de leer cosas un poco raras, como el título de esta entrada, mediante un mecanismo muy similar: vemos las palabras a modo de imágenes. Evidentemente no sólo es por esto, existen otros motivos, pero este resulta fundamental.

Desde hace unos días he visto circular por Facebook el siguiente texto:

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Yendo un paso más en la lectura de esta imagen, os diría que yo además de lo obvio, veo aquí un hombre con sombrero… (aunque puede que sea porque estoy escuchando a Sabina de fondo!)

No es por ganas de llevar la contraria a quien lo haya viralizado, pero siento decir que leer esto no significa que tengas una mente poderosa, significa que usas -como la mayoría de la gente- los dos hemisferios de tu cerebro a la hora de leer y traducir el texto. Y eso no tiene nada de raro ni de poderoso.

Nuestro hemisferio izquierdo es el que controla el lenguaje y el procesamiento secuencial de la información, y se le conoce como el hemisferio simbólico o lógico. El hemisferio derecho se encarga de procesar la información con datos visuales y espaciales, y se le conoce como el hemisferio visual u holístico.

De niños, cuando aprendemos el lenguaje y a leer usamos básicamente el hemisferio derecho, el de la información visual, de forma que reconocemos palabras a partir de sus imágenes. En un proceso posterior, asociamos rápidamente la grafía de esas palabras a sus sonidos para, a partir de ahí, aprender a leer palabras nuevas por nosotros mismos. Cuando llegamos a los 6 o 7 años nuestros hemisferios están preparados para trabajar conjuntamente, analizando las letras, descifrándolas y leyéndolas no sólo como letras, sino también como un conjunto, como una imagen visual.

Por este motivo, aprender un idioma es una tarea que se vuelve más compleja cuando nuestro cerebro ha traspasado la fase de trabajo visual y se ha instalado en él la dominancia del hemisferio izquierdo. Ni que decir tiene que si se pretende aprender un lenguaje escrito basado en pictogramas (los orientales, por ejemplo) será más efectivo si se inicia el aprendizaje en edades muy tempranas. Resulta además curioso que en culturas con este tipo de lenguajes apenas se den casos de dislexia, ya que su pensamiento está direccionado al trabajo con el hemisferio derecho.

Para comprobar la fuerza o dominancia del hemisferio lógico sobre el visual solo tendríamos que realizar este ejercicio:

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Vemos muy claramente como en nuestro cerebro impera la interpretación de las letras sobre el reconocimiento del color visual.

Bien, si volvemos al primer ejemplo, cabría preguntarse algo que resulta paradójico, ya que si bien podemos leer y entender el texto escrito, sin embargo nos resulta imposible de comprender si lo convertimos en un lenguaje oral. Luego se puede leer, pero no se puede leer.

O quizá sería mejor decir que el mensaje se puede leer y entender si está escrito, pero no se puede leer y entender si se verbaliza, si se lleva al lenguaje oral. La traducción oral de la primera frase sería algo así: “tres cinco siete tres -espacio- eme tres ene cinco cuatro jota tres”

Y resulta ininteligible para cualquiera que nos oiga decirlo. ¿Qué ha ocurrido? Pues no lo sé muy bien, la verdad. El mensaje sigue siendo el mismo, pero el “lenguaje” que usamos es diferente, el lenguaje escrito tiene unas pautas de codificación que no son las mismas que las del lenguaje oral. Digamos que lo escrito podemos leerlo porque nuestro cerebro busca siempre la forma más reconocible cuando se enfrenta a una estructura desconocida. Es una de las leyes básicas de la gestalt y, al igual que la ley de la totalidad, nos permite interpretar el mundo y reconocerlo incluso en situaciones límite.

De igual modo, nuestro cerebro puede funcionar de manera “predictiva”, como los correctores ortográficos -malditos ellos- de los teléfonos móviles, o lo que es lo mismo, puede completar una palabra que resulta incompleta o ininteligible mediante un proceso de “pre-aprendizaje” -proceso que es continuo-.

Finalmente, leer y descodificar un texto escrito puede resultarnos más o menos fácil en función de las relaciones de similitud que seamos capaces de establecer entre letras y números que son parecidos. Creo igualmente que otros motivos que nos llevan a entender estos textos escritos es que recurrimos a nuestra memoria y a las reglas mnemotécnicas que usamos muchas veces casi sin darnos cuenta. Pero quizá eso debería pensarlo en otra ocasión.

Como ninguno de estos motivos intervienen al verbalizar un texto escrito, supongo que es lo que hace que resulte imposible de descifrar a quien quisiera escucharlo…

Pero esto no es más que una teoría mía o un desvarío de cualquiera de mis hemisferios pensantes!!

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