De inicios, inventores y ciudades para un suspiro

Quizá no os deis cuenta, pero nos pasamos la vida iniciando cosas. Supongo que hasta que no te paras a pensarlo no caes en la cuenta de la cantidad de veces que empezamos algo y, por tanto, la de veces que no terminamos muchas de esas cosas. Esta paradoja no frena nuestros desbordados ansias por volver a empezar, al contrario, algunos de nosotros nos sentimos irremediablemente inducidos a iniciar algo nuevo, incluso cuando tenemos mil cosas “al retortero”. A mí me parece que el principal motivo por el que nos pasa esto es por que contamos con la capacidad de sentir curiosidad, ya que nada interesante puede ponerse en marcha sin la iniciativa de las personas curiosas. ¿Y porqué os estoy contando esto? Pues por que hace unos días, mientras recorría la ciudad de Lyon (Francia), visité el Museo Lumière y pude comprobar muy bien cuanto os digo.

Supongo que conoceréis, aunque sea de oídas, a los hermanos August y Louis Lumière, los curiosos inventores de ese artilugio maravilloso llamado Cinematógrafo. El Museo está ubicado en lo que se conoce como “la rue du premier film”, es decir, en la calle en la que los Lumière tenían no sólo su casa, sino también la gran fábrica que aparece en la que se considera primera película proyectada de la historia: La sortie de l’usine Lumière à Lyon (1895).

Estuve mirando aquella calle durante un rato, tratado de transportarme en el tiempo, de viajar al mundo en blanco y negro que retrataron los Lumière en ese mismo lugar en el que yo me encontraba. Pero, pese a la losa colocada estratégicamente en el suelo donde un día los Lumière situaron su cámara, mi esfuerzo resultó inútil. Nada había allí que pudiera ayudarme a reconocer en esa calle las imágenes mil veces vistas en aquella inicial película. La fábrica Lumière desapareció durante un incendio hace más de medio siglo y lo que queda en su lugar es un magnífico jardín, en el que han construido un Instituto de Cinematografía y un Centro de exposiciones. Pero no salen ya obreros por ninguna puerta de ninguna fábrica.

Institut Lumiere

El Instituto Lumière situado en la “rue du premier film”, con sobreimpresión de un fotograma de la película más famosa de la historia.

Aún así, el lugar resulta mágico de alguna manera, pues esa rue no es una calle cualquiera, es “la calle de la primera película” y para alguien como yo eso es casi sagrado. Fue en ese momento en el que mi cabeza se puso a rebobinar. Me encanta cuando me ocurre esto, porque de pronto recuerdo cosas que creía olvidadas, pequeños flash de momentos ligados a emociones, de sensaciones de primera vez. Y, al instante, me vinieron a la memoria muy nítidamente otras dos de sus películas imprescindibles: La place Bellecour (1895) y La place des Cordeliers (1895), ambas en Lyon.

Nada puede evitar que pise esas plazas, que reintente el ejercicio banal de atravesarlas a 12 o incluso a 16 imágenes por segundo. Entonces Lyon empieza a parecerme otra ciudad, tan hechizante como son para mí las ciudades que se debaten entre dos ríos, pero mucho más auténtica que cualquier otra, pues hasta entonces no existía más que en mi mente, en mis recuerdos insertados a base de imágenes proyectadas en sesiones cinéfilas. Y poco a poco me doy cuenta de algo asombroso: que al visitarla parecía no que la estuviera conociendo, sino más bien que la estaba reconociendo. De alguna forma el Lyon que yo pisaba me pareció menos real que el que había visto en esas peliculitas que avanzaban a trompicones, de ahí que ante la que fue fábrica Lumière, buscara el Lyon de finales del siglo XIX, o que ante la enorme Place Bellecour tratará de vislumbrar los carruajes tirados por caballos que amedrentaban a los transeúntes decididos a cruzar. Yo buscaba ese Lyon inverosimil puesto que lo consideraba el verídico, el real.

Place Bellecour

La Plaza Bellecour en la actualidad, con muchos transeúntes, pero sin carruajes tirados por caballos.

Es muy probable os resulte una idea extravagante, pero creo que es una de las grandes cualidades mágicas que tiene el cine –al menos el buen cine-, el de hacer verdad lo que es mentira, el hacerte ver lo proyectado como la auténtica realidad. Quizá hayáis paseado alguna vez por la ciudad de Nueva York y, guiados por los recuerdos del Manhatthan (1979) de Woody Allen, hayáis recaído en mi misma perversión cinéfila, la de buscar en sus calles los rastros verídicos de la urbe que se retrata la película. Puede incluso que hayáis estado en San Francisco –mi envidia sana para los que hayáis disfrutado de la considerada como el “París de América”- y os hayáis visto inducidos a buscar los magníficos parajes en los que transcurre Vértigo (1958), la obra de Alfred Hitchcock en la que la ciudad se torna protagonista. Sé que existe una ruta turística elaborada para tal fin y que puede contratarse como complemento en las agencias de viajes, pero qué queréis que os diga, yo soy de las que prefiere dejarse perder y no llevar ruta planificada cuando visito por primera vez un lugar.

Ni que decir tiene que si en alguna ocasión visito San Francisco, me ocurrirá algo parecido a lo que una antigua alumna mía me contó una vez cuando se puso a rodar unas imágenes en una calle de Nueva York, que se le caían descontrolados los lagrimones a cada empuje de traveling. Pues yo igual. Yo, en San Francisco, lloraría como una niña frente al puente Golden Gate o ante el Palacio de la Legión de Honor, bajo las sombras fantasmas del Parque de las Secuoyas o entre los pasillos de esa fantástica librería especializada en historia californiana que es la Argonaut Book Shop. Lloraría a más no poder, porque sería como la fábula del espejo: hacer realidad lo que siempre ha estado al otro lado.

Bueno, que me voy por las ramas y no es ahora el momento de que os cuente la relación que existe entre determinadas ciudades y el cine, pero no os preocupéis, que todo llegará.

Decía al principio que los inicios están ligados a la curiosidad y creo en ello firmemente, o si no a ver como podría explicarse, sin ir más lejos, el invento de los Lumière. Aprendí en la visita a su casa-museo que, hasta mediados del siglo XX, este dúo de hermanos presentó cerca de 200 patentes de distintos inventos, desde emulsiones fotográficas a gasas estériles para curar quemaduras, desde extremidades ortopédicas pensadas para los tullidos de guerra, hasta pequeñas bombillas de flash. Resulta sorprendente ver la cantidad de cosas que se atrevieron a idear, a pensar y poner en marcha por primera vez, llevados por su gran curiosidad.

inventos lumière

Pero inevitablemente, tuve que despedirme de Lyon, despedirme de la ciudad que fue también cuna de Saint-Exupéry y su Principito, de la ciudad que se esconde a sí misma bajo los recónditos traboulles, o que se reinventa cada año en la magnífica fête des Lumières. Y se me escapó un suspiro, uno de esos que se te escapa cuando descubres que te has enamorado y que esa pasión es efímera. Volveré a Lyon, estoy segura, pero la veré ya con otros ojos. Sin embargo mi curiosidad sigue intacta y seguramente será ella la culpable de que muy pronto os hable de otras ciudades cinematográficas y de mis enamoramientos pasajeros, porque no podré evitarlo, porque no tengo miedo a volver a empezar algo, a inventarme una pasión o a suspirar frente al recuerdo anhelado de otra ciudad.

Al fin y al cabo, siempre me quedará la excusa de que me pudo la curiosidad. Y será una excusa magnífica.

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