Kintsugi

Le había pedido que abandonara su mente, que dejara de leer sus pensamientos, de jugar en su cama. Le había pedido que no volviera a suspirar por su boca, que no la mirara en cualquier rostro. Pero no le había pedido que le devolviera sus pasos y cada día se veía abocada a encontrarse con él, a pararse en el mismo semáforo, a contemplarse en el mismo escaparate.

f4d526dd2e04a0ff74a520c802d7a8c6Le había pedido que le devolviera su sombra, que no volviera a escribir su nombre en los versos, que no la besara en cada copa de vino. Pero no le había pedido que le devolviera sus sueños, y cada noche acababa en sus brazos, enredada a su cuerpo, condenada a tocarlo y despertar.

Le había pedido la vida, que se la devolviera aunque fuese a pedazos, para armarla de nuevo con hilo de oro, para hacerla más bella y distinta.

Pero él no sabía lo que era el Kintsugi.

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Citas y frases célebres: “Tócala otra vez Sam”

Algunas frases que forman parte de un poema, una novela, una canción o incluso una película, se acaban convirtiendo en un lema. Algunas inspiran campañas publicitarias, como aquella tan recordada de Bruce Lee de “Sé agua”, que se utilizó para publicitar los coches de la marca BMV.

Otras se vuelven metonímicas, remitiendo con sólo escucharlas a la totalidad de la que forman parte.

Casablanca
“Siempre nos quedará París”… una de las múltiples frases célebres que se dan en la película más citada de la historia del cine, Casablanca (M. Curtiz, 1942).

Muchas se convierten en fondos de escritorio, papel pintado con el forrar los muros nada privados de las distintas redes sociales.

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Internet es un saco sin fondo en el que se pueden encontrar citas de todo tipo, muchas de ellas tan verídicas o certeras como ésta misma.

Algunas se recuerdan automáticamente ante determinados sucesos, noticias o acontecimientos históricos:

“Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”

Otras son referencia obligada al hablar de alguien o de su obra:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”

Y a otras frases les ocurre una cosa curiosa, se metamorfosean en otros lugares y bocas, cambian algunas de sus palabras, bien de forma leve y sin intención (por error), para acabar diciendo lo mismo pero peor, o incluso para decir algo totalmente distinto. En otros casos, las citas acaban en boca de otros autores, quienes se apropian de palabras que nunca fueron suyas. Un ejemplo curioso de este caso sería el décimo verso del LXIV poema de Lao Tse en el “Tao Te King”:

“Un viaje de mil millas empieza con un paso”.

Cuando Lao Tse escribió este verso -según los estudiosos, hacia el siglo VI a. de C. en China- no imaginó que muchos siglos después Benjamin Franklin acabaría haciéndola suya modificándola sutilmente (dándole así un significado semántico distinto):

“Un camino de mil millas empieza con el primer paso”.

Y desde luego, lo que no esperaba es que al borde del siglo XXI, un viejo y sabio mandril llamado Rafiki, la pusiera de moda otra vez al educar con ella la mente del joven “Rey León”. Sin duda, las frases célebres cuentan con muchas vidas y, por tanto, con muchos padres.

Genialidad infantil

El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo.

Gustavo Adolfo Bécquer.

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¿Sabes lo que es?

JAVIER (7 años): – Mamá, mira lo que me ha comprado el abuelo.

YO: – Es muy bonito. Hay que ver lo bien que te conoce…

JAVIER: – ¿Sabes lo que es?

YO: – Dímelo tú.

JAVIER: – Es un coche con globo… ¡para que pueda volar!

YO: – ¿En serio?

JAVIER: – Sí, no lo ves, lleva atado el globo y por eso puede volar.

Y diciendo esto, cogió el coche con globo y voló con él hasta su habitación.

¡Creo que mi hijo Javier ya tiene edad de disfrutar leyendo “El principito”!

Transferencia

Venus

A él le gustaba presumir. Junto a aquella faldita de vuelo se sentía el hombre más envidiado del planeta. Como el forro de un vestido, se amarraba a su cintura para mirarse bien en los rostros de quienes se cruzaban a su paso. Y sonreía. Era como disfrutar de un enorme poder, el de saberse segunda piel, el de estar absolutamente seguro de que nadie tenía su misma suerte. Esa sensación le emborrachaba tanto como los tacones a los que ella iba subida. Se sentía especial, único y deseaba respirar esa admiración que percibía en todas partes cuando la tenía a su lado. Era un ser superior, sin ninguna duda lo pensaba. El idiota no creyó nunca que nada tuviera que ver el que ella fuera la mujer más deseable sobre la faz de la tierra.

El plan B o como equivocarse con naturalidad

“Si no estás preparado para equivocarte, nunca te ocurrirá nada original”. Ken Robinson.

No me canso nunca de decirles esto a mis alumnos, de subrayar la importancia que los errores tienen en el desarrollo exitoso de una vida y, cuando digo esto no me refiero solamente a la vida académica o profesional, hablo de la vida en general.

Equivocarse no es sinónimo de fracasar, es sinónimo de haberlo intentado. Los motivos por los que uno puede llegar a equivocarse pueden ser muchos y muy dispares, pueden haber estado bajo nuestro control o pueden no haberlo estado. Puedes equivocarte sin darte cuenta y, como consecuencia, no conseguir lo que deseabas o puedes equivocarte a propósito -es como usar un salvavidas, te tiras al abismo del error sabiendo que va a salir mal, de manera que no arriesgas prácticamente nada al intentarlo-.

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Puede ocurrir igualmente que te equivoques sin darte cuenta y que, oh magia, te salga bien. Es decir, puedes equivocarte y acertar. Esto sería cuestión de hablarlo en otra entrada porque daría para mucho, pero por ahora lo vamos a dejar estar. Y puede pasarte también que te equivoques a propósito sabiendo que saldrá mal, y que irónicamente te salga bien. Cuando ocurre esto, en lugar de sorprenderte gratamente -que es lo que ocurriría en el primer caso-, lo que pasa es que te sorprendes fastidiosamente. Cierto es que no ocurre siempre ni, gracias a Dios, con todas las personas, pero muchas de las que se equivocan a propósito buscando subrayar su error o incluso ensalzarlo, se sienten paradójicamente “fracasadas por haber acertado”. El ser humano tiene estas cosas tan raras.

Las bondades de equivocarse son, además de numerosas muy interesantes de analizar. He aquí algunas de las que yo considero más importantes:

– Un error te enseña dos caminos ya que cuando nos equivocamos, nuestro camino se bifurca en: la senda ya explorada de la equivocación – y creedme hay gente que desafía constantemente esa máxima de “no tropezar dos veces en la misma piedra”; y la senda del posible acierto. Digo posible, porque encaminarse por la senda que no es la del error no garantiza tampoco acertar la siguiente vez -los ejemplos serían múltiples y variados, desde elecciones de presidentes, a noviazgos y matrimonios…-. Esta segunda senda lo que te garantiza es no cometer el mismo error, pero abre la puerta a otros nuevos.

El pensador Rodin

– Un error te hace pensar más: cuando algo no sale como esperamos, inevitablemente reflexionamos sobre ello para saber qué es lo que ha podido fallar, porqué lo ha hecho y cómo solucionarlo. Pensar hacia atrás es algo muy conveniente que no se suele enseñar en ninguna parte. Retroceder sobre nuestros pasos, verlos y analizarlos “desde fuera” y objetivamente, nos permite detectar mejor aquello que no funciona. Muchas veces nos ofuscamos con cosas porque perdemos la capacidad de verlas así, como si fueran ajenas a nosotros y nos molesta terriblemente que otras personas corrijan algo o nos digan su opinión -nos ofrezcan una nueva manera de ver las cosas-, simplemente porque estamos enfocados subjetivamente. El pensamiento deductivo y analítico que se hace “a la inversa”, pone en juego el descubrimiento de lo que puede habernos llevado a un punto, una decisión o un determinado acto. Este tipo de pensamiento estructurado, que se hace a posteriori y en etapas sucesivas -creo que lo llaman polietápico– nos permite desmenuzar aquello en lo que nos hemos equivocado en unidades más pequeñas y manejables y nos permite algo fundamental, separar lo que sí estaba bien de lo que no lo estaba. Quiero decir con esto que muchas veces algo que no sale bien no es porque todo ello esté mal, puede que haya cosas buenas en ese proyecto, cosas que funcionan o que son ideas brillantes, pero que en un conjunto no terminan de encajar. Detectar esto resulta fundamental, porque es muy probable que la vida nos de nuevas oportunidades y, si hemos pensado adecuadamente y hemos diseccionado nuestros errores y aciertos, podremos volver a utilizar aquellas cosas que sí estaban bien. Evidentemente, tiene el enorme beneficio de saber porqué algo es, y no de asumir sobre tus propios errores ya ocurridos, aquello de “querer que algo sea”.

Ni que decir tiene que deberíamos hacer este ejercicio de pensar hacia atrás incluso cuando acertamos, pero claro, si ocurre un acierto siempre suponemos que “todo está bien”, de forma que casi nunca nos paramos a pensarlo con el método y la profundidad con la que se trabaja el error.

– Un error es una oportunidad para continuar aprendiendo: el proceso de aprendizaje es un proceso vital, dinámico y extremadamente intuitivo. Aprendemos hasta sin darnos cuenta pero aprendemos mucho más cuando sabemos que hemos cometido un error. Volver a leer, a ver, a escuchar, a comentar… Buscar nuevas opciones, inspiraciones, enfoques. Discutirlo todo, llevarlo al extremo, compararlo con otras cosas, destriparlo para ver su interior, como es y como funciona (o no funciona). En definitiva: aprender.

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– Un error motiva y empuja, fortalece la voluntad y nos hace crecer. En ocasiones, equivocarse puede suponer un golpe emocional difícil de encajar, pero una vez que pasa el momento crítico del cabreo con uno mismo y, si has realizado las tareas anteriores o estás en ello, entonces el error se convierte en un reto, algo que tenemos que superar. Y un reto siempre es apasionante porque pone en marcha un mecanismo positivo encaminado a superar nuestros propios límites. De pronto, te sientes empujado a hacerlo, a volverlo a intentar, sabiendo que el camino por el que vas ya lo has recorrido antes y que, por eso, llevas ventaja.

– Un error es una ventana a la imaginación y la creatividad: Nada mejor que un error para dejar volar la imaginación, para saltarse las reglas y pensar nuevas soluciones con total libertad. Cuando nos enfrentamos por primera vez a algo solemos ser bastante normativos, nos ajustamos a las normas pensando que así “arriesgamos menos y jugamos sobre seguro”. Puede que en ocasiones funcione, pero como estamos hablando de errores, entonces vamos a suponer que nuestro convencionalismo no ha funcionado y por tanto, tenemos que hacer otra cosa distinta. Si liberas el pensamiento de la ortodoxia establecida y te permites divagar, ser excéntrico y original, entonces pueden venir a tu mente soluciones increíbles, ideas rocambolescas e incluso trazos de genialidad que te encaminarían por una nueva senda. No quiero decir con esto que cualquier cosa que se te pase por la cabeza es válida, digo que cualquier cosa que se te pase por la cabeza puede ser “potencialmente válida”, siempre y cuando seas capaz de ver sus puntos fuertes y débiles, siempre que puedas ser capaz de ver hasta donde te puede servir.

– Un error es un acierto, porque se convierte en el mejor ejemplo de lo que no hay que hacer. Es paradójico, pero es real y es una manera positiva de enfocarlo y puesto que lo que más falta nos va ha hacer para volverlo a intentar es positivismo, esta paradoja nos viene que ni pintada…

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– Un error nos recuerda que somos humanos, que tenemos la capacidad de decidir, que podemos elegir para bien y para mal y que, por tanto, hacemos honor a nuestra condición humana errando de vez en cuando. Supongo que la vida no sería nada divertida si no nos equivocáramos nunca y lo digo desde el desconocimiento más absoluto, ya que yo tiendo a equivocarme con cierta frecuencia.

Al fin y al cabo, como dijo Oscar Wilde: “Experiencia es el nombre que todo el mundo da a sus errores”. Y, ni que decir tiene, que una de las cosas que más se valora ahora mismo en cualquier currículum o entrevista de trabajo es “la experiencia”. Pues ya sabéis… ¡¡a equivocarse sin dramas!!

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Siento cierta intriga por conocer cosas que pasan en nuestro cerebro y que tienen que ver con el lenguaje o con los procesos de aprendizaje del lenguaje en general.

Me maravilla comprobar como los niños que están aprendiendo a leer, son capaces de conocer y reconocer palabras incluso antes de poder pronunciarlas. Evidentemente esto es posible porque aprenden las “imágenes” de las palabras, de forma que simplemente tienen que asociar ese concepto visual a un concepto que para ellos es abstracto.

De igual  modo, somos capaces de leer cosas un poco raras, como el título de esta entrada, mediante un mecanismo muy similar: vemos las palabras a modo de imágenes. Evidentemente no sólo es por esto, existen otros motivos, pero este resulta fundamental.

Desde hace unos días he visto circular por Facebook el siguiente texto:

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Yendo un paso más en la lectura de esta imagen, os diría que yo además de lo obvio, veo aquí un hombre con sombrero… (aunque puede que sea porque estoy escuchando a Sabina de fondo!)

No es por ganas de llevar la contraria a quien lo haya viralizado, pero siento decir que leer esto no significa que tengas una mente poderosa, significa que usas -como la mayoría de la gente- los dos hemisferios de tu cerebro a la hora de leer y traducir el texto. Y eso no tiene nada de raro ni de poderoso.

Nuestro hemisferio izquierdo es el que controla el lenguaje y el procesamiento secuencial de la información, y se le conoce como el hemisferio simbólico o lógico. El hemisferio derecho se encarga de procesar la información con datos visuales y espaciales, y se le conoce como el hemisferio visual u holístico.

De niños, cuando aprendemos el lenguaje y a leer usamos básicamente el hemisferio derecho, el de la información visual, de forma que reconocemos palabras a partir de sus imágenes. En un proceso posterior, asociamos rápidamente la grafía de esas palabras a sus sonidos para, a partir de ahí, aprender a leer palabras nuevas por nosotros mismos. Cuando llegamos a los 6 o 7 años nuestros hemisferios están preparados para trabajar conjuntamente, analizando las letras, descifrándolas y leyéndolas no sólo como letras, sino también como un conjunto, como una imagen visual.

Por este motivo, aprender un idioma es una tarea que se vuelve más compleja cuando nuestro cerebro ha traspasado la fase de trabajo visual y se ha instalado en él la dominancia del hemisferio izquierdo. Ni que decir tiene que si se pretende aprender un lenguaje escrito basado en pictogramas (los orientales, por ejemplo) será más efectivo si se inicia el aprendizaje en edades muy tempranas. Resulta además curioso que en culturas con este tipo de lenguajes apenas se den casos de dislexia, ya que su pensamiento está direccionado al trabajo con el hemisferio derecho.

Para comprobar la fuerza o dominancia del hemisferio lógico sobre el visual solo tendríamos que realizar este ejercicio:

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Vemos muy claramente como en nuestro cerebro impera la interpretación de las letras sobre el reconocimiento del color visual.

Bien, si volvemos al primer ejemplo, cabría preguntarse algo que resulta paradójico, ya que si bien podemos leer y entender el texto escrito, sin embargo nos resulta imposible de comprender si lo convertimos en un lenguaje oral. Luego se puede leer, pero no se puede leer.

O quizá sería mejor decir que el mensaje se puede leer y entender si está escrito, pero no se puede leer y entender si se verbaliza, si se lleva al lenguaje oral. La traducción oral de la primera frase sería algo así: “tres cinco siete tres -espacio- eme tres ene cinco cuatro jota tres”

Y resulta ininteligible para cualquiera que nos oiga decirlo. ¿Qué ha ocurrido? Pues no lo sé muy bien, la verdad. El mensaje sigue siendo el mismo, pero el “lenguaje” que usamos es diferente, el lenguaje escrito tiene unas pautas de codificación que no son las mismas que las del lenguaje oral. Digamos que lo escrito podemos leerlo porque nuestro cerebro busca siempre la forma más reconocible cuando se enfrenta a una estructura desconocida. Es una de las leyes básicas de la gestalt y, al igual que la ley de la totalidad, nos permite interpretar el mundo y reconocerlo incluso en situaciones límite.

De igual modo, nuestro cerebro puede funcionar de manera “predictiva”, como los correctores ortográficos -malditos ellos- de los teléfonos móviles, o lo que es lo mismo, puede completar una palabra que resulta incompleta o ininteligible mediante un proceso de “pre-aprendizaje” -proceso que es continuo-.

Finalmente, leer y descodificar un texto escrito puede resultarnos más o menos fácil en función de las relaciones de similitud que seamos capaces de establecer entre letras y números que son parecidos. Creo igualmente que otros motivos que nos llevan a entender estos textos escritos es que recurrimos a nuestra memoria y a las reglas mnemotécnicas que usamos muchas veces casi sin darnos cuenta. Pero quizá eso debería pensarlo en otra ocasión.

Como ninguno de estos motivos intervienen al verbalizar un texto escrito, supongo que es lo que hace que resulte imposible de descifrar a quien quisiera escucharlo…

Pero esto no es más que una teoría mía o un desvarío de cualquiera de mis hemisferios pensantes!!

Entre la Virtud y la Voluptuosidad: “Afrodita”, de Pierre Louys

Cuando en 1896 Pierre Louys publicó la novela “Afrodita”, no podía imaginar que  esa gran historia de la cortesana Khrysís en el tumultuoso periodo de la Grecia clásica se convertiría con los años en una obra tan moderna. Sin embargo, en su momento fue un escándalo, puesto que la novela era pródiga en detalles amorosos y además encumbraba a una mujer alejada del convencionalismo puritano más absoluto.

En el prefacio de esta obra aparece reproducida una historia que había sido ya relatada por Pródikos de Kéos en “Heraklés entre la Virtud y la Voluptuosidad”, y que me llamó enseguida la atención:

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Esta es la cita que os dejo hoy. A mí siempre me gustó!!

Lugares inspiradores

Existen lugares en los que una vez que entras no quieres salir. No es que sean bonitos, exóticos o diferentes -que puede que sean un poco de todas esas cosas-, lo que pasa es que te atrapan por algo indeterminado, conectan contigo de una forma especial.
Yo, que suelo buscar sitios donde poder pararme a escribir, encuentro de vez en cuando alguno de esos lugares.
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Cuando me ocurre, hago lo que he hecho hoy: saco mi agenda y me pongo a garabatear ideas. Entonces, si el sitio es “uno de esos sitios”, puedo pasar horas en él como si fueran minutos, puedo abstraerme del resto de cosas que podrían interferir en mi mundo sensible. Dejo entonces de escuchar la música que, en ocasiones, suena de fondo; olvido que terminé mi café y mi vaso de agua hace más de una hora; paso por alto inconscientemente la mirada de ese camarero tan sexy que me observa desde el otro lado de la barra… Incluso he llegado a despreocuparme de una cita que tenía con alguien después, lo que hará inevitable el que vuelva a llegar tarde.
Esos lugares un poco mágicos existen -seguro que os habéis encontrado con alguno igual que yo-, y cada vez que pongo un pie en ellos me siento como Alicia a punto de entrar en el país de las maravillas.

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P.D.: He encontrado “Rebeca” entre los libros desordenados que se ofrecen al lector curioso en la viejísima (y maravillosa) estantería de madera que hay junto al sofá amarillo. No he podido resistirme a abrir sus páginas y buscar el inicio del Capítulo I:

Anoche soñé que había vuelto a Manderley…

Definitivamente este sitio me acaba de conquistar!!
(Escrito en KHO TAO, calle Bengoetxea, 2. San Sebastián. 22 de noviembre de 2014)

¿Qué se te pasará por esa cabecita?

Cuántas veces me habrán dicho eso, cuántas veces…

Siendo mujer es inevitable que te ocurra en algún momento, que algún atrevido te pregunte así, sin sospechar que es imposible que tengas una respuesta clara, eso de: ¿qué se te estará pasando por esa cabecita?

Lo que una mujer guarda en su cabeza es un abismo insondable y, aunque no lo creáis resulta que ese abismo no es igual que el de la cabeza de un hombre. Ni es igual ni se entra o se sale de él de la misma manera. Vamos, que aquello de que las mujeres no sabemos leer mapas y los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez tiene, con ciertos matices, una rigurosa base científica.

Leyendo un poco en estos días sobre este tema, me he encontrado con cosas muy divertidas. Sí, la ciencia también puede ser divertida. De forma que voy a tratar de explicar estas diferencias tratando así de liberarme de este pensamiento rizomático que me lleva además a encontrar por todas partes opiniones y disertaciones laterales de unos y otros.

Según estudios realizados en los últimos años, el cerebro de hombres y mujeres es y funciona de manera diferente. Somos de la misma especie -o eso dicen- pero pese a todas nuestras similitudes, en algo tan esencial como el cerebro, somos distintos.

En un vídeo que se hizo viral en muy poco tiempo –Historia de dos cerebros, de Mark Gungor-, se trataba de explicar desde el humor esta circunstancia. Cuando lo vi me pareció que, gracietas machistas al margen, podría encerrar algunas verdades, de forma que os voy a resumir el discurso del vídeo para ver si luego lo puedo razonar.

Según este tipo tan ocurrente, el cerebro de los hombres esta dividido en algo así como cajas perfectamente separadas unas de otras. Esas cajas pueden ser conectadas conscientemente a modo de red, pero cómo se conectan esas cajas es distinto en cada uno de ellos, aunque lo importe es que son capaces de mantenerlas independientes en eso que podría llamarse “compartimentos estancos”. Por si fuera poco, cuentan con una enorme ventaja competitiva frente a nosotras, las mujeres ya que, por lo visto, cuentan con una caja vacía, sin nada de nada dentro.

Sé que os estaréis desternillando de risa, sobre todo vosotros, hombres que leéis esto. Sin embargo, me vais a permitir que continúe antes de que os entren ganas de rebanarme viva.

Lo que los hombres hacen con su cerebro es un proceso muy sencillo, muy simple: ordenan, categorizan, reflexionan y establecen relaciones manteniendo cada cosa dentro de la caja que le corresponde. Si necesitan vincular, lo hacen, pero no mezclan ni sustituyen el contenido de una caja por el de otra. No al menos en su cerebro.

Bien, sin embargo nosotras, féminas nacidas sin caja vacía, usamos nuestro cerebro formado por cajas mezcladas y/o metidas unas dentro de otras, de una forma completamente distinta. Nosotras no mantenemos cada cosa dentro de la caja que le corresponde porque lo primero que vemos y entendemos es lo común a todas las cosas, lo plural frente a lo singular. Organizamos, categorizamos, reflexionamos y establecemos relaciones mezclando de aquí y de allí, llevando esto “que es de esta caja, hasta esta otra caja”. Actuamos más desordenadamente, pero con la peculiaridad de que no nos atoramos con la mezcla.

Por si fuera poco, nosotras no tenemos caja vacía, de forma que somos incapaces de “no estar pensando nada”. Efectivamente, cuando alguien te pregunta ¿qué se te estará pasando por la cabeza? y eres mujer, lo normal es que se te estén pasando mil cosas por la cabeza. Y no es una manera de hablar. Sin embargo, ellos pueden recurrir a su caja vacía y no estar pensando en nada. De hecho, según Gungor, suelen hacer esto con cierta facilidad, incluso aunque a nosotras nos parezca inaudito.

Bien, ahora que os habéis reído un rato -y reconozco que a mí me hace muchísima gracia esta explicación-, vamos a ser un poco más científicos.

Según F. Rubia, Catedrático de Medicina de la UCM y experto en temas de neurociencia, “en el cerebro masculino existen más conexiones directas, fundamentalmente en su parte delantera y trasera, dentro de cada hemisferio. Por el contrario, en el femenino hay más conexiones cruzadas entre los dos hemisferios” (El sexo del cerebro, Madrid. Temas de hoy).

Esta afirmación parece dar la razón a esa primera gracia sobre “las cajas independientes y las cajas mezcladas”. Evidentemente, si esto es así, explicaría que los hombres tengan una mayor capacidad para concentrarse en ejecutar una única tarea, mientras que las mujeres pueden realizar varias de forma simultánea.

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Os dejo imaginar cual es el masculino y cual el femenino…

Según F. Mora, Catedrático de Fisiología humana y molecular en la UCM, “el cerebro masculino tiene un mayor tamaño que el femenino y está preparado para trabajar fijando su atención en cosas concretas, controlando las emociones -algo que está condicionado también por el hecho de tener más desarrollado el hemisferio izquierdo, el del pensamiento lógico y racional-.” (Neurocultura, una cultura basada en el cerebro. Madrid, Alianza).

Vale, vale, ya sabemos todos que “el tamaño no importa”, salvo con lo que importa, y que la inteligencia no se mide en cantidad de cerebro, ni se vende y compra al peso como los callos en una charcutería, pero el hecho de que los hombres tengan un cerebro “algo mayor” implica necesariamente que tengan un mayor número de conexiones neuronales que, por lo que hemos visto, son directas. Por tanto, podemos concluir que ellos no piensan tanto las cosas, no les dan tantas vueltas como nosotras. Son más resolutivos, sintéticos y directos.

Varios estudios realizados en distintos países han concluido además que los hombres tienen, por todo esto, una mayor capacidad visuo-espacial, una mejor resolución matemática, una mayor tendencia a la agresividad y mejores aptitudes para el lanzamiento de objetos.

Bueno, que queréis que os diga, a mí algunas de esas cosas no me parecen muy útiles…

De igual modo, el cerebro femenino resulta ser “más equilibrado” y, aunque gasta más energía en el proceso concreto de conectar y relacionar -claro, con todas esas cajas mezcladas no me extraña-, en medición absoluta nosotras gastamos bastante menos que ellos -hay que ver hasta donde somos capaces de llevar las mujeres eso del ahorro…-.

Consecuentemente, generamos una mayor fluidez en los procesos de pensamiento, lo que incide en el desarrollo verbal. O sea, que eso de que hablamos más, también tiene ciencia a las espaldas!! Sin embargo, me quedo con la esencia de este pensamiento: usamos menos energía global y menos conexiones neuronales -ya que nuestro cerebro es menor-, para obtener los mismos resultados de forma efectiva.

Finalmente, me he encontrado con una conclusión interesante que quiero compartir con vosotros. Resulta que el área preóptica medial, que es la zona del hipotálamo donde se regula el impulso sexual, es 2,5 veces más grande en el cerebro masculino que en el femenino y, aunque en otros mamíferos como los roedores, esta zona puede llegar a ser siete veces mayor, ya con esta diferencia se podría explicar esa eterna cuestión que os acaba de asaltar a todos con cierta sorna.

Como veréis no he encontrado ningún atisbo científico en ninguna parte sobre la existencia de una “caja/hueco vacío” en el cerebro masculino, pero la verdad es que no me importa, me parecería genial que la tuvieran, por no decir que creo que conozco a algunos que seguro la tienen, e incluso puede que más de una!!!

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