La “cata” de la ignorancia

La estupidez tiene un cierto
encanto del que la ignorancia carece.
Frank Zappa

Anoche en Top Chef, esa especie de talent show que intentan vendernos como reality, pero que tiene más trampas que un Cluedo, se escenificó con claridad la máxima televisiva actual: no hay ignorancia que no pueda ser rentabilizada al máximo.

Yo no veo mucho la televisión, es una pena, porque dedicándome a lo que me dedico, esta afirmación suena a paradoja mal avenida. Pero es que me lo ponen tan fácil desde las cadenas de televisión, que claro, desconecto del mundanal ruido televisivo con total tranquilidad. Quizá si viera más la televisión entendería más cosas, que no mejor, pero de verdad que no me interesan esos saberes envueltos en celofán catódico.

Bueno, a lo que iba, que ayer me planté frente al televisor para ver una nueva entrega del programita de marras, porque en los avances que han ido poniendo toda la semana en la cadena se insinuaba que un grupo de “famosetes” iban a actuar de pinches de cocina para los concursantes de Top Chef, y que entre ellos estaría Cristina Pedroche vanagloriándose de no saber lo que era una berenjena. Así, tal cual.

cesta berenjenas
Aquí unas berenjenas, para quienes no las conozcan…

Hombre, uno ve este tipo de cosas en una autopromoción que está montada para incitar al espectador a ver el espacio objeto de esa pieza publicitaria y te pica la curiosidad. ¿Será verdad que esta mujer no sabe lo que es una berenjena? ¿Forma parte de una broma que ha sido fragmentada en postproducción para “añadir valor” a la emisión del programa?

Vale, no son preguntas que vayan a cambiar nuestra percepción del universo ni nada parecido, pero son el tipo de preguntas que me hacen encender la televisión e incluso ponerme a escribir al día siguiente.

El caso es que sí, que la señora en cuestión no tenía idea de lo que era una berenjena, cosa que repitió unas cuantas veces quizá buscando hacer gracia o darle a su paso por el programa un cierto encanto. Pero la verdad es que a mí me pareció vergonzoso. Y me lo pareció no porque no supiera qué es una berenjena -que es algo subsanable de manera sencilla- sino porque al programa le pareciera fantástico tener a alguien así entre las cocinas, y eso no es subsanable de ninguna forma.

top chef
Aquí una presentadora de televisión metida en un berenjenal

Resulta que nos escandalizamos con los abusos que se cometen con el Photoshop, esa herramienta que sirve para trastocar la identidad de la gente, haciendo que parezcan otras personas, mas bellas, jóvenes y lozanas. Y sin embargo, nada decimos del caso contrario, de la tendencia a usar los programas de televisión como espejo fiel de quienes somos, tratándonos de vender que todos cuantos asoman a esa pantalla son así de verdad, tal y como les vemos. Lo llaman “naturalidad”, pero es como los euros de chocolate. Estoy segura de que Cristina Pedroche no es tal y como pareció ayer, tonta del bote, inútil y manipulable por cualquiera que se acerque a ella con dotes de mando. A mí me pareció un espectáculo bochornoso y no porque sea mujer -que desde luego- sino porque me molesta ver que alguien se vende a la complacencia del público con tal de ganar enteros en la escalada a la fama. Aunque igual es que soy yo la simple y aquí no hay mas leña que la arde, que también puede ser.

Lo más curioso de todo es que yo no tengo nada en contra de la ignorancia, creo que gracias a ella aprendemos y descubrimos las cosas, pero claro para eso hay que ser consciente de ella y hay que tener la intención permanente de ir minimizándola ya que estoy convencida de que mucha gente sabría más cosas si no pensasen que ya se lo saben todo.

¡Menos mal que aún les queda el Candy Crush en el móvil!

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Regresando a Vértigo

(Aviso: esta entrada contiene ciertos spoilers de la película)

Hace ya más de un año, decía yo en mi otro blog cinematográfico que Vértigo era seguramente mi película favorita y que suelo volver a ella con cierta frecuencia. Contaba en una entrada muy visitada –http://cineporamoralarte.blogspot.com.es/2013/11/vertigo-o-la-teoria-de-la-punta-del.html– que, sin embargo, la película no había tenido en su tiempo el reconocimiento que tiene ahora, cosa que me pareció interesante de indagar.

Madelaine en la floristería
Madelaine es observada por Scottie -y el espectador- a través de un espejo. Un juego visual a modo de tableaux vivants, que permite entender que ella es una representación, que no es real.

Pero al final de esa entrada, dejé la puerta abierta a un retorno irremediable, puesto que seguramente Vértigo es la película más inagotable que conozco. De alguna manera, la fascinación que siento por esta película va ligada a la admiración que siento por su director, uno de esos genios extravagantes y únicos que de vez en cuando se dan en el campo artístico. Para muchos Hitchcock era “el mago del suspense”, etiqueta que algunos críticos de su tiempo le granjearon con la intención de catalogar su manera de hacer, dirigir y planificar películas dentro de un género que dominaba a la perfección. Sin embargo era mucho más que eso, ya que se trataba seguramente del director que mejor entendía la importancia de la narrativa dramática y que mejor manejaba las convenciones de género. Sabía no sólo jugar con ellas (y con nosotros), sino que las manipulaba de tal manera que hacía prácticamente imposible el que nos diéramos cuenta de que en realidad fingía que se ajustaba a unos cánones para que el espectador, tranquilo y cómodo en su ortodoxia narrativa, pudiera participar en la historia de la manera y en la dirección que él quería que fuera. En realidad, esto es lo que se conoce hoy por suspense, la ilusión de una realidad que se pone en duda en un momento concreto, mostrándose primero ambigua y luego imposible, que se dilata en su resolución y que provoca una tensión e incertidumbre tal que no somos capaces de determinar hacia donde va a encaminarse el desenlace.

Del mismo modo, Hitchcock sabía como socavar brutalmente las expectativas convencionales para dejar al espectador desorientado –y listo para ser conducido hacia donde él quería llevarle-. Sabía que un exceso de confusión distancia, que demasiadas explicaciones cansan y hacen perder el hilo, que una vaguedad prolongada puede poner en peligro la credibilidad de una historia. Sin embargo, también sabía que si se quiere profundizar en lo extraordinario y navegar por el terreno de lo improbable, es necesario recurrir a la ambigüedad, ya que ésta es la única herramienta verdaderamente útil para alejarnos de la realidad y acercarnos –aunque sea fragilmente- hacia lo verosímil.

Gracias a esto, pudo permitirse el lujo de trastocar algunas de las convenciones más clásicas -como la muerte del amor romántico a mitad de la película o el uso del mcguffin para generar un interés intrascendente- innovando estructuralmente en todas sus obras. Probablemente esa audacia narrativa fue la que le llevo a insistir en hacer visible lo invisible, a convertir lo extraño en algo cotidiano, manejando sin ningún pudor nuestra incredulidad, suspendiéndola parcialmente durante el rato que duraban sus películas.

Digo todo esto porque cada vez que veo Vértigo encuentro algún motivo para pensar en las cualidades que la convierten en una película única, en un caso especial. Y la primera conclusión que saco es que es la obra de un genio.

El mito de Pigmalión y Galatea, de Pecheux.

Ya de primeras la película atrae por lo seductor del concepto escénico que maneja, pues Vértigo es en realidad un maravilloso ejercicio de puesta en escena. Es cierto que es mucho más, sólo habría que dejar vagabundear un poco la mente por algunos de los mitos más clásicos de la cultura occidental para ver que aglutina algunos de los mas fascinantes mitos relacionados con la creación artística, como por ejemplo Pigmalión, quizá el mito más obvio del que bebe Vértigo.

Sin embargo, tiene también una especie de variante de Frankenstein, quizá de Prometeo, desde luego de un muy sombrío Orfeo y Eurídice –llevado a la inversa-, del mito del doble o doppelgänger de los románticos y expresionistas alemanes o del Golem de la Leyenda de Praga. Tiene igualmente el punto esquizoide de Dr . Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, la desesperación del amor que va más allá de la muerte de Tristán e Isolda -Herrmann se basaría en el liebestod de la ópera de Wagner para crear la partitura de la película-, y se trasluce igualmente un cierto espíritu de la novela Peter Ibbetson de George du Maurier.

Evidentemente, si atendemos a los rastros de todas estas historias encontraremos una primera verdad sobre Vértigo, la verdad de que por encima de cualquier otra consideración narrativa, de cualquier catalogación genérica, se trata de una película de amor, de amor trágico y melancólico que supera con creces a la historia detectivesca, a la trama policiaca. Estoy absolutamente convencida de esa teoría que comparten tanto Robin Wood, como Jean Douchet y Eugenio Trías, en la que consideran que Vértigo es una película de amor encerrada en una parábola de la creación y de la puesta en escena. No puede ser más cierto, ya que esta es una obra concebida como la sucesión de distintas puestas en escena, que han sido meticulosamente preparadas para seducir al espectador y confundirlo hasta el extremo.

Despacho de Gavin Elster
Despliegue de medios para embaucar al personaje. La puesta en escena doble arranca de forma memorable.

Así, tras una introducción o prólogo en el que el protagonista masculino tiene un accidente que le provocará vértigos, asistimos atónitos a la primera puesta en escena -extraordinariamente bien preparada y pensada cual guión cinematográfico- que nos va a descubrir el motor de la historia: la solicitud de los servicios profesionales de Scottie por parte de su amigo Gavin Elster. Tentándolo como Mefistófeles, con un retorno a la acción, como una restauración de su confianza perdida, incluso más allá, de su masculinidad herida tras el ataque de acrofobia, Gavin despliega en esta “puesta en escena” todo su poder de seducción, engatusando al que va a ser el protagonista con la historia de una mujer a su vez seducida por la muerte. Es prácticamente imposible no caer en el juego de la representación, Scottie lo necesita para sentirse útil y Gavin sabe lanzar el anzuelo, sabe rodearle con sus movimientos, embaucarle con sus palabras y colocarle en el lugar más adecuado para que caiga en la trampa. Técnicamente, la resolución visual que acompaña esta escena en la oficina es poderosa, con un juego de angulaciones precisas, planos envolventes, movimientos de aproximación, lentitud y continuidad visual… y ese tono rojizo de la moqueta que presagia ya un peligro inminente, abriendo la puerta a una de las más memorables puestas en escenas de la historia del cine: la presentación de Madelaine.

Madelaine aparece en Ernie's
El juego de la representación llevado a su máximo exponente. La cámara bucea entre el público hasta encontrar el objeto de deseo.

El espectador que observa la obra por primera vez no ha podido darse cuenta de la falsedad de la primera escena y, por ello, tampoco percibirá lo representacional de esta segunda, lo falsamente verdadera que resulta para quien mira curioso, tal y como le pasa al protagonista. Madelaine va a entrar en escena de forma sutil, de espaldas al espectador y al propio Scottie. Y sin embargo no puede pasar desapercibida. Una horizontalidad agobiante refuerza el ambiente y la concepción teatral del momento, en la que todos los elementos empiezan a jugar a favor del vértigo de Scottie: el rojo de las paredes, el verde de la estola de Madelaine, el movimiento de panorámica de derecha a izquierda, la belleza etérea y hierática que trasluce en un inicio la fantasmal Madelaine, la música de Herrmann…

Se respira en este fragmento un cierto aire freudiano pues el voyeurismo tan propio del cine de Hitchcock subraya toda la puesta en escena. El juego esquivo de miradas ruborosas, el empeño por encerrar a Madelaine dentro de marcos de puertas y de espejos, refuerzan esa idea de que ella es inalcanzable, de que quizá es solo una obra de arte que se puede contemplar y disfrutar pero que está carente de vida. Y Scottie cae. Nada puede hacer por evitarlo, pues tiene ya un vértigo incurable. Cuanto ocurre a partir de entonces es un descenso a los infiernos, una caída irremediable que abocará al personaje a la perdición. Pero no adelantemos acontecimientos.

El juego escénico se acaba de poner en marcha de una manera harto compleja, puesto que combina sutilmente varios niveles narrativos con la naturalidad propia de una realidad dramática que jamás se propuso serlo. Veamos un ejemplo:

Existe lo que parece ser un nivel narrativo que se corresponde con la historia que estamos viendo: la historia de como Scottie es contratado por Gavin para seguir a su mujer Madelaine, quien parece poseída por las tendencias suicidas de una antepasada: “Carlota Valdés”.

Madelaine en el museo
¿Quien mira a quien? Varios niveles narrativos se conjugan en esta escena.

Hay sin embargo, en este enunciado, varios errores de concepción, puesto que “la mujer Madelaine”, que todos vemos no es en realidad la verdadera Madelaine, mujer de Gavin, sino que se trata de Judy Barton, una actriz contratada por él para que haga el papel de esposa poseída. Luego existe un subnivel narrativo que se corresponde con otra historia: la de Judy Barton que interpreta el papel de Madelaine, quien tiene que convencer a Scottie de que ésta quiere suicidarse.

Se deduce de lo anterior que si existe una actriz que interpreta el papel de una esposa, debe existir esa esposa, es decir, tiene que haber un nivel narrativo superior a estos que ya hemos visto, que se corresponda con la verdadera Madelaine, esposa de Gavin Elster que va a ser sustituida por otra ante los ojos de Scottie -y del espectador que tampoco es consciente del engaño-. Sé que las cosas se empiezan a complicar bastante, pero no es culpa mía, es Hitchcock, que quiere jugar con nosotros.

¿Existe algún nivel anterior a este? Desde luego que sí. Aunque no lo parezca, Carlota Valdés es un personaje con su propia historia. Ella está por encima de estos niveles, pues será su desventura la que ayudará a crear el personaje de “la Madelaine” que Gavin quiere vendernos a todos. Por tanto, la historia de desamor de Carlota se corresponde con otro nivel narrativo que desembocará en lo anterior.

Madelaine se confiesa
Madelaine cuenta su historia tras ser rescatada del río. Pero ¿quien se confiesa realmente? y lo mejor de todo, ¿a quién está hablando Madelaine, a Scottie o al espectador?

No sé si habéis echado la cuenta, pero llevamos ya unos cuantos niveles que se corresponden con las distintas diégesis, con las historias de la historia, y sólo he hablado de las dos primeras puestas en escena de la película. Sin embargo, puede que algunos de los que aún siguen leyendo este gran desvarío mío, se hayan percatado de algo fundamental: ni la historia de Carlota, ni la de Madelaine Elster, ni la representación de la falsa Madelaine Elster o la representación de la representación de Judy Barton existirían sin la magnífica interpretación de Kim Novak, la actriz que representa en el filme a otra actriz, que representa que es Madelaine, que representa que está poseída por Carlota Valdés… Desde luego, da vértigo sólo pensarlo.

Hay combinaciones complejas de estos niveles que dan lugar a historias dentro de historias, a subniveles, tramas y otros elementos narrativos a lo largo de toda la película, lo que permite que la obra pueda ser vista en sucesivas ocasiones y que se sigan percibiendo en ella aspectos nuevos, detalles visuales o conversaciones con doble sentido, que la convierten en una película diferente cada vez. Esto ocurre muy pocas veces, puede incluso que sólo se haya dado en la historia del cine con esta obra magnífica, pero claro, no soy objetiva en mi juicio, yo estoy enamorada de Vértigo y sucumbo a ella siempre y sin remisión.

Por eso creo que volveré, que regresaré de nuevo a Vértigo y no podré evitarlo.

La vida a.T. (antes de la Tesis)

“ROMÁN – ¿Que nada hemos inventado? Y eso, ¿qué le hace? Así nos hemos ahorrado el esfuerzo y ahínco de tener que inventar, y nos queda más lozano y más fresco el espíritu…
SABINO – Al contrario. Es el constante esfuerzo lo que nos mantiene la lozanía y la frescura espirituales. Se ablanda, languidece y desmirría el ingenio que no se emplea…

ROMAN – ¿Que no se emplea en inventar esas cosas?
SABINO – U otras cualesquiera…
ROMAN – Ah! ¿Y quién te dice que no hemos inventado otras cosas?
SABINO – ¡Cosas inútiles!
ROMÁN – Y ¿quién es juez de su utilidad? Desengáñate: cuando no nos ponemos a inventar cosas de esas, es que no sentimos la necesidad de ellas.
SABINO – Pero así que otros las inventan, las tomamos de ellos, nos las apropiamos y de ellas nos servimos; ¡eso sí!

ROMAN – Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.
SABINO – Acaso mejor.
ROMÁN – No me atrevía a decir yo tanto…
SABINO – Pero ellos, ejercitando su inventiva en inventar cosas tales, se ponen en disposición y facultad de seguir inventando, mientras nosotros…
ROMAN – Mientras nosotros ahorramos nuestro esfuerzo.
SABINO – ¿Para qué?
ROMAN – Para ir viviendo, y no es poco.”

(¡Que inventen ellos!, charla entre Sabino y Román en El pórtico del templo, de Unamuno. 1906)

Ando bastante ocupada últimamente con un asuntillo profesional que ha ido ocupando varias parcelas de mi vida en los últimos doce o trece años y que ya no quiero que me devore más. Me refiero a la Tesis Doctoral.

No desearás al vecino del 5º
Mi Tesis se mueve dentro de un subgénero cinematográfico que ha ido adquiriendo categoría de género con el paso de los años: el “landismo”.

La Tesis es una de esas cosas que pasan una vez en la vida, quiero decir que salvo que seas un poco friki o un poco masoquista -puede que sean necesarias ambas cosas-, no pasarás por ese proceso una segunda vez. Puede que te sientas atraído por la investigación, que te interese publicar artículos, hacer conferencias, asistir a Congresos y Jornadas internacionales y todas esas cosas que hacen las personas que dedican parte de su tiempo a investigar aspectos que les son propios de su ámbito profesional. Pero una Tesis… sólo pasa una vez. (Dejo al margen aquí a mi amigo Sergio Mena, que es un caso aparte).

Podría yo haberme quedado “¡viviendo que no es poco!”, como decía Sabino, pero no, resulta que quise meterme a inventar tras la charla un día con uno de los profesores más influyentes en mi carrera académica: D. Ramón Roselló Dalmau. Aprendí con él aspectos relacionados con la tecnología audiovisual que jamás pensé que pudieran interesarme tanto. Aprendí a sentir la profesión docente como la proyección de la vida de uno mismo, llena de circunstancias novedosas y mil veces repetidas, momentos dulces y amargos, descubrimientos sorprendentes y olvidos necesarios. Aprendí de él que jamás hay que perder la sonrisa, ni bajar la guardia y que hay que saber mirar “un poquito más allá”.

Para Roselló, el Doctorado era como la culminación del proceso formativo no de un alumno sino de una persona. Entendía que el proceso en sí mismo de obtención del título era tanto o más válido para la vida del doctorando como la investigación misma llevada a cabo. Y tenía razón.

A día de hoy, si tuviera que enumerar qué cosas he aprendido en estos interminables años de Tesis, destacaría por encima de todo dos: la capacidad de sacrificio y el apasionarme con mi trabajo. Sin pasión es imposible llegar al final del trayecto. La pasión es el sentimiento humano por antonomasia, es lo que hace que hagamos cosas imposibles, que amemos hasta el delirio, que convenzamos a los incrédulos, que nos volvamos mejores, más creativos y menos materialistas. La pasión lo mueve todo y, por eso mismo, sin pasión nada ocurre.

Ligue Story
Un clásico del cine de estos años, plagado de suecas, machos ibéricos venidos a más y bikinis por doquier.

Bien pues con la Tesis es igual, sin pasión no puedes arrancar una investigación que te quitará horas, días, meses e incluso años de vida familiar, de sueño y de vacaciones en la playa, y que te hará estar más irascible -sobre todo cuando alguien te pregunte eso de “¿qué tal llevas lo de la Tesis?”-, que te obligará a mutar genéticamente para juntarte con los de tu especie doctoral, que te volverá experto/a supremo en una parcela insignificante de algo que generalmente sólo servirá para ser diseccionado hasta lo inimaginable en publicaciones especializadas de revistas indexadas, con índices de impacto JCR.

También te valdrá para hacer magia, es decir, para convertirte de la noche a la mañana en mejor profesor, más valorado por tus compañeros, alumnos y responsables de RRHH de los sitios en donde impartes docencia -o donde te gustaría impartirla-. Es como si de pronto, por el hecho de haber pasado por delante de un Tribunal, toda tu vida anterior a ese punto no contara prácticamente para nada y hubieras vuelto a nacer en un nivel superior. Si investigaste antes de ser Doctor… si publicaste artículos o incluso libros antes de ser Doctor… si pasaste un tiempo en una Universidad extranjera antes de ser Doctor… eso no te cuenta casi para nada. Incluso aunque lo hicieras mejor que un Dios, el valor de lo realizado “antes de”, es inapreciable.

Sin embargo, con el título bajo el brazo y el birrete puesto resulta que eres más guapo y más alto, mucho más listo, los ojos son más azules y el pelo más rubio, y te ocurre algo fundamental: puedes ya ir por el mundo tapando bocas a quienes te han ido martirizando con la cantinela de “es que no has terminado aún la Tesis”. ¡¡Visto así no son más que ventajas!!

Pero no nos engañemos, ni somos más altos ni mas guapos ni mas listos, no somos mejores profesores, en todo caso lo seremos peores, porque habremos desatendido algunos quehaceres docentes en favor de la culminación del éxito doctoral. Sé que sueno sarcástica, pero es que no me queda más remedio que serlo. Y ahora que me he despachado a gusto con este tema, ya puedo volver a mi Tesis antes de que me sienta culpable por abandonarla, por serle infiel con otros párrafos y otros temas que no son los que me van a dar mejor vida… (¡¡espero que sea una expresión exclusivamente literal!)

Otro día os contaré si hay vida d. T. (después de la Tesis), pero para eso os toca esperar un poco.

Antropolicandria, la fabulosa invención de Boris Vian.

Escupiré sobre vuestras tumbas, Todos los muertos tienen la misma piel, La hierba roja, Que se mueran los feos, El otoño en Pekín, La espuma de los días, A tiro limpio y… El Lobo-hombre y otros relatos, son obras escritas por Boris Vian, esa mente prodigiosa capaz de volar fuera de los márgenes de la realidad para aterrizar luego en ella como si tal cosa.

Reconozco que me seduce mucho la obra y la vida misma de este ingeniero que devino escritor, poeta, virtuoso del jazz, compositor, periodista o dramaturgo y que falleció de un infarto en 1959 mientras veía el estreno cinematográfico de la adaptación que Michael Gast había hecho de su primera y más polémica novela: Escupiré sobre vuestras tumbas.

Pero quizá una de las cosas que más me ha fascinado siempre de este hombre ha sido su capacidad para ser a un tiempo provocador irredento y alma sensible, excéntrico donde los haya, irreverente y soñador. Sin embargo, tengo la sensación de que su obra se ha leído poco, se ha escuchado aún menos o se ha representado en contadas ocasiones. Pese a ello, todos -y cuando digo “todos” me estoy refiriendo a una totalidad que bien pudiera englobar a gentes de habla hispana de los 20 a los 60 años- conocemos bastante bien uno de sus relatos: el del lobo-hombre que viajó a París. Y cuidado, estoy hablando del “lobo-hombre”, no del “hombre-lobo”, puesto que son casos distintos.

Voy a incluirme dentro de esa generación que he citado antes, puesto que yo descubrí este magnífico relato gracias a una versión musical que el grupo madrileño “La Unión” hizo para una de sus canciones más emblemáticas: “Lobo-hombre en París”.

Aunque no es una de mis preferidas -siempre me gustó más Sildavia o Entre flores raras-, lo cierto es que este tema me llamaba mucho la atención, pues encontraba lo que a mí me parecían incongruencias en su letra con respecto a lo que parecía ser la historia de un licántropo. En cuanto la escuché con un poco más de atención, buscando pistas al respecto, descubrí algo fascinante, que la canción era una versión muy libre de un relato de Boris Vian que trataba más bien del caso contrario, el de un lobo mordido por un mago -el mago de Siam- que acaba convirtiéndose en humano, o lo que Vian llamó, el fenómeno (inventado) de la “antropolicandria”.

El lobo-hombre de Boris Vian

Sin embargo, muchos de los que han escuchado esta canción -y es una canción que se ha escuchado mucho- no se han enterado de estas dos cosas fundamentales y siguen pensando que el pobre Denis es un hombre que se convierte en lobo en las noches de luna llena (que es lo que parece deducirse de la versión rodada para el videoclip).  Pero si atendemos a la letra de la canción, resulta muy clara, pues reproduce con cierta fidelidad aspectos que están en esa historia inversa de un apacible y curioso lobo que tras ser mordido por un humano acabará en París disfrutando de su nueva y extraña naturaleza.

Creo que igual ahora resulta conveniente que volváis a escuchar la canción y entendáis esta historia que, con frecuencia se ha interpretado de manera opuesta y, de paso, podríamos leer también ese relato intimista que Boris Vian nos regaló. Yo lo he vuelto a leer estos días, aprovechado que ayer había una tremenda luna llena sobre Madrid, pero en realidad no hace falta ninguna excusa para leer o releer a los genios.

Festival de cortometrajes AdN II: Cuéntame un cuento…

En la primera entrada de este blog comenté que yo tenía otro blog temático dedicado a la que es mi labor profesional principal: la enseñanza en el ámbito audiovisual, en el que solía escribir con cierto desorden, puesto que no siempre me llama. Sin embargo, esta semana se celebrará en los Cines Callao de Madrid el XVI Festival de cortometrajes AdN, que es el festival de cortos que organizan los alumnos a los que doy clase.

festival de cortos XVI

En respuesta a su trabajo en estos meses, a su dedicación constante y a sus infinitas ganas de hacerlo bien, he escrito en ese blog un alegato a las ideas, a las buenas ideas contadas con sencillez. Os dejo el enlace por si queréis echarle un vistazo y, de paso, por si os apetece -tras su lectura- acudir a la Gala del Festival el próximo viernes 7 de mayo.

http://cineporamoralarte.blogspot.com.es/2015/05/festival-de-cortos-adn-ii-cuentame-un.html

Os invito!!

De no haber existido

Casi había olvidado ese olor tan característico de las librerías de aire añejo, el olor a papel impreso, a letras encerradas en renglones deseosos de ser leídos. Ese olor tenía para ella una connotación irremediablemente erótica. Y, al volver allí, al recorrer aquellos pasillos repletos de libros desordenadamente bien dispuestos, regresaron de golpe los recuerdos de un tiempo no tan lejano, olvidados a conciencia.

chica libreria

Paseó entre los estantes recorriendo con la mirada los lomos de una centena de libros. Buscaba sin éxito aquella hilera de novelas cuyo orden había aprendido de memoria, casi como la alineación de un equipo de fútbol: El corazón de las tinieblas, Trópico de Cáncer, Muerte en Venecia, Lolita, Manhatan Transfer, La búsqueda del tiempo perdido

¿Aún sigues esperándome?

La voz le resultó extrañamente familiar. Levantó la mirada y buscó al dueño de aquella frase que parecía huérfana. De pronto la invadieron los nervios, ¿sería posible que, después de tantos años sin pisar aquella dichosa librería, fuera a coincidir con él en aquel sitio que había sido cómplice insospechado de sus citas? Contestó al instante:

– Dejé de hacer eso hace mucho… ¡Dejé de hacerlo cuando tú te olvidaste que yo esperaba!

Y se sintió aliviada, serena al decir aquello, como si se hubiera liberado de un gran peso. El extraño frunció el ceño durante un segundo e inmediatamente recuperó la sonrisa encantadora que enmarcaba aquel rostro que ya le era perfectamente reconocible. Era difícil olvidar la calidez de aquellos ojos verdes, imposible no desear acariciar la cicatriz que rasgaba suavemente su mejilla derecha hasta la comisura de los labios. Deseaba acariciarla y besarla como había hecho tantas veces antes allí mismo, pero se tuvo que contener.

– ¿Me sigues guardando rencor por aquello? Éramos unos críos, no sabíamos nada…

Y era cierto, nada sabían entonces, nada. De hecho, de haber sabido cómo iban a ser las cosas, como transcurrirían sus vidas o mejor, como no transcurrirían, todo habría sido distinto. Eva viajó quince años atrás por sus recuerdos hasta una de aquellas tardes de viernes, tardes de espera ansiosa en los pasillos de la Librería Alberti. Él vivía a tan sólo dos números, dos escasos números, pero cuando esperas como Eva esperaba, dos números de distancia eran la lejanía más absoluta.

Desde uno de sus ventanales podía asegurarse de que los padres de Carlos cargaban todas aquellas bolsas de viaje en el Seat Toledo verde que solía estar aparcado junto al portal. Conocía muy bien aquel coche de tapicería gris con topos rojizos, conocía su olor y lo incómodo de sus asientos traseros. Conocía bien aquel coche porque para Eva no era un coche, era una carroza a la que subirse ocasionalmente para disfrutar de la magia contenida en ella. Pero esa carroza dejó de ser mágica cuando la posibilidad de tener libre la casa de Carlos durante el fin de semana se hizo realidad. Y ella esperaba, esperaba y desesperaba mientras el ritual de la despedida se repetía cada viernes. Algunos sólo tenía que esperar minutos, otros horas, pero Eva siempre aguardaba la llegada de ese momento sublime, del instante deseado que convertía el resto de días de la semana en rastrojos preparados para la quema.

Lo que ocurría tras la espera eterna era fácilmente imaginable. El torrente de sentimientos desorbitados que habían aguardado toda la semana cociéndose a fuego lento, acababan por desbordarse sobre unas sábanas blancas perfectamente bien planchadas, nada más entrar por la puerta de la habitación de Carlos y atravesar el límite entre el cielo y la tierra. Y el tiempo, que en la Alberti se le hacía interminable, corría entonces en contra de los deseos de Eva, corría como un poseso, bailando al son de un reloj que marcaba plazos en lugar de horas. Luego, había que volver a la realidad, había que atravesar el pasillo interminable de aquella casa, bajar las escaleras de mármol hasta el portal y cruzar Madrid con una sonrisa de oreja a oreja.

Esa era su rutina de los viernes, aunque durante muchas de esas esperas había cruzado por su cabeza la idea de cómo hubiera sido su vida de no existir aquella librería de la esquina. Puede que fuera un pensamiento absurdo, pero no podía evitarlo porque de ser así probablemente su vida hubiera sido muy diferente. Quizás habría tenido que esperar en la tienda de soldados que había tres números más arriba, una tienda curiosa que estaba decorada con un paracaídas en el techo. Alguna vez entró allí llevada por su curiosidad innata, pero estuvo sólo unos minutos. Sin embargo, de no existir la Alberti, quizás habría pasado allí horas y, en lugar de acabar enamorándose de la lectura, habría terminado por sucumbir a los encantos del falso soldado de pelo rapado y botas de cuero negras que solía asomarse al quicio de la puerta mientras esperaba la entrada de algún cliente. Quizás, con aquel soldado de tres al cuarto hubiera podido viajar por países desconocidos, arrastrada a una vida inquieta y desordenada en la que habría sido igual de infeliz que lo fue quedándose. Quién sabe, quizás hubieran sido sus brazos a los que habría recurrido tras descubrir una mañana de sábado como otra chica subía con Carlos a disfrutar de los encantos que ella pensaba que le eran únicos. Porque igual que muy pronto para Eva los viernes no fueron suficientes, para él tampoco lo fueron. Ella pensó en sorprender un sábado al chico de los ojos verdes. Y la sorprendida fue ella. Ese maldito sábado permaneció horas dentro de la librería, quería verlos salir, quería comprobar, corroborar su dolor. Pero el mundo no espera a los desesperados y la librería tuvo que cerrar.

Eva abrió los ojos. Ese recuerdo seguía siendo doloroso a pesar de los años y seguía ocupando un lugar importante en su larga lista de errores. Con cierta dificultad reprimió una lágrima que pugnaba por hacerse paso entre sus mejillas evitando con ello un momento emocionalmente bochornoso.

– Sigues siendo una soñadora, dijo Carlos mientras deslizaba su brazo derecho por la cintura de Eva, intentando hacerla girar.

Ella suspiró, deseaba decirle tantas cosas, miles de pensamientos, de reproches… pero no fue capaz de articular palabra, porque allí tan cerca, con una mano rozando su cintura, volvía a comprobar lo enloquecedor que era poder sentirlo, tocarlo. Era irresistible. Se dejó llevar por la memoria imprecisa y selectiva, por el recalcitrante olor a Carlos, por el mar de su mirada y, sabiendo que volvía a errar, le besó.

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Porque no hay día del libro, que no recuerde a “la Alberti”

La de la cámara

Acercó el ojo al visor buscando un buen encuadre, algo que le llamara la atención, pero no tuvo éxito. Aunque el 1 de abril era su día preferido, no pareció encontrar inspiración en sus rutinas diarias.

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Se desnudó frente al espejo y volvió a coger la cámara. Al mirarse desde ese lugar tan extraño, desconoció su cuerpo y su rostro, llegando a pensar que eran ajenos, como los que contemplas y manejas en un sueño.
Entonces pensó en hacerse un par de fotos por puro placer, por la curiosidad que dominaba su espíritu con cierta frecuencia. Cerró los ojos y disparó.
Al instante un hilo de sangre nubló sus ojos y sintió que le faltaba el aliento. Trató de respirar pero era un esfuerzo inútil, el día tocaba a su fin llevándose la inspiración y dejando un rastro nítido y bien enfocado de perfecta realidad.

El mundo en un rincón

No había tiempo para volver, no había. No conocía el camino, ni la distancia hasta allí. No lo sabía. No podía conseguirlo ni en sueños. Imposible, no podía.
Pese a ello, agarró un saco lleno de horas perdidas y pasos desencaminados, lo ató con sus ideales y cerró los ojos. Pronto el olor a tierra mojada y la ligereza de su carga le advirtieron que había llegado. Contra todo pronóstico, la otra esquina de su habitación se abría ante sus ojos. El suelo se unía a la pared con frases escritas en cientos de idiomas. Renglones medio torcidos que desafiaban la desnudez del temple sucio deformado por el gotelé.

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Quiso leerlo todo, memorizar cada frase sin darse cuenta de que al hacerlo todo desaparecía, todo se desmoronaba hasta no quedar mas que el saco vacío.
Lloró durante un rato en silencio. Lloró como un impermeable reversible, tan seco por dentro como por fuera. Y entonces comenzó a recitar. Palabras y más palabras se iban dibujando sobre el asfalto, desafiando arcenes de seguridad y sentidos de circulación. El camino se llenó de versos hermosos hasta donde alcanzaba la vista. Incluso mucho más.

Entonces, al mirarlo supo que aún tenía tiempo, supo cual era el camino y la distancía que le separaba del siguiente extremo de su habitación. Lo supo todo y vio que era posible, que podría alcanzarlo. Echó seguro sus pasos y, con la mirada fija en el horizonte, se perdió para siempre.

Silencioso ruido y helado de aguardiente.

Sabina títulos

Yo, al contrario que le ocurría a Sabina, si he vivido en el Barrio de la Alegría, que es un barrio de Madrid cercano a la M-30, conocido también (e irónicamente) como el barrio de “las Vírgenes”, pues todas sus empinadas calles llevan el nombre de alguna.

Quizá, de haberlo sabido él, hubiera compuesto alguna canción memorable. Quizá, ahora que lo pienso, alguna canción memorable fue escrita por él sabiendo esto. Sin embargo, no recuerdo que fuera un barrio especialmente alegre ni demasiado triste, era un barrio como otro cualquiera, con sus Rosas de Lima y Barbies superstars, con sus hombres sin mes de abril y sus Marías Magdalenas, con algunos cerrados por derribo y desde luego con sus 19 días y 500 noches. Pero lo que recuerdo bastante bien es que era un barrio con mucho ruido.

No puedo decir que habitara en él un olvido, pero sí que poco a poco se hizo tan joven y tan viejo que resultaba imposible desear que nos dieran allí las diez. Algunas veces pensé que lo ideal sería que convirtieran el antiguo mercado en un bulevar de los sueños rotos, por el que pasear con las medias negras y la frente marchita. Pero eso nunca pasó y, aunque me sobraran los motivos para salir de allí, al final siempre regresaba, porque mi vida en ese barrio era como la del pirata cojo, vida de purísima y oro, entre la calle melancolía y la que se llama soledad.

Y es que, los peces de ciudad siempre preferimos de postre… el tiramisú de limón.

(Hoy me levanté muy Sabina y tenía que soltarlo por alguna parte)

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